Efrain Castaño


Llega el descanso en la escuelita rural cerca a la ciudad; la maestra es joven, alegre y conocedora de música; trata su alumnado como es ella: de manera limpia, cordial, responsable y bella; los días de clase son para todos flores en un jarrón de gozo, esperanzas y feliz encuentro.
Es el día 31 de octubre y los niños están inquietos mientras abren sus morrales y bolsas para sacar el disfraz que lucirán el resto del día; recorrerán la vereda cantando y pidiendo dulces, ofreciendo flores y sonrisas.
La profesora ha ocupado las dos primeras horas en hablar sobre el ahorro: su utilidad y necesidad para un presente mejor y un futuro promisorio; dice que la fiesta original del 31 era sobre el ahorro con el fin de sembrar en los alumnos y sus familias la positiva costumbre de ahorrar no solo dinero sino agua, recursos y hasta el mal genio.
Anota que luego llegó exportada de los países nórdicos la costumbre del "día de los brujos" con su carga comercial de dulces, disfraces y gastos, todo lo contrario al ahorro; ella recalca que si bien no es amiga de esta costumbre ajena sin embargo ve que es imposible erradicarla ya que la fuerza comercial es tan grande que la impuso en todo el orbe; de no poder suprimirla, al menos trata de orientar lo mejor posible esta ya universal celebración.
Es verdad: esta fiesta nació en el marco de la noche de los sustos brotada de la creencia real o fantasiosa en los fantasmas; se pretendía la noche anterior a la fiesta de "todos los santos" hacer como un exorcismo colectivo y gracioso de todo fantasma o miedo para celebrar sin temores la llamada a la santidad que trae el primero de noviembre.
Al no tener a mano los fantasmas se entró a la costumbre de crear monstruos con calabazas y figuras de brujas y cantar para no mostrarles miedo y tirarlos lejos; era casi un ritual que hacía pasar del susto y miedo al gozo y canto; los dulces que se recogían no eran propiamente para los niños que los pedían sino que al otro día de los santos ellos visitaban los hospitales o casas de pequeños abandonados y entregaban esos dulces para deleite, estamos llamados a ser felices, hermanos y buenos caminantes: ese era el mensaje.
Pero el afán de gastar e invertir dinero ha cambiado gran parte de esta celebración; hemos llegado hasta el descaro de convertir esta fiesta en consumo de licor con sus locuras adicionales; siendo un acto para gozo de niños hay que cuidarlos de confites contaminados con droga o robo de los infantes para fines de vergüenza.
Si bien es imposible quitar hoy la máscara, no dejemos de hablar del ahorro; enseñemos a los niños a compartir sus confites recogidos con sus amigos y familiares; no aplaudamos la fea manera de algunos que aprovechan este día para disfrazarse de travestis y recorrer las calles en desmanes abusivos y groseros. Sea día del ahorro, del niño, el brujito o el disfraz celebremos sanamente, sin licor, droga o violencia.
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