Fanny Bernal Orozco


En una ocasión un hombre se acercó a Buda e intempestivamente, sin decir palabra, le escupió la cara. Sus discípulos estaban enfurecidos. Ananda, el discípulo más cercano, dijo dirigiéndose a Buda: -¡Dame permiso para que le enseñe a este hombre que lo que acaba de hacer es incorrecto!
Buda se limpió la cara con serenidad y dijo a Ananda: -No. Yo hablaré con él.
Y juntando las palmas en señal de reverencia, habló de esta manera al hombre. –Gracias. Has creado con tu actitud una situación para que pueda comprobar si todavía puede invadirme o no la ira. Y evidencié que no fui presa de ella. Te estoy tremendamente agradecido. También has creado un contexto para Ananda, esto le permitirá ver que todavía puede invadirlo la ira.
¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y queremos hacerte una invitación. Por favor siempre que sientas el imperioso deseo de escupir a alguien, piensa que puedes venir a nosotros.
Aquel hombre no podía dar crédito a sus oídos. Había venido para provocar la ira en Buda. Y había fracasado.
Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama y no pudo conciliar el sueño. Los pensamientos lo perseguían continuamente. Había escupido la cara de Buda y éste había permanecido tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si no hubiera sucedido nada A la mañana siguiente, muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo:
-Por favor perdóname por lo de ayer. No he podido dormir en toda la noche.
Buda, respondió: -Yo no te puedo perdonar, porque para ello debería haberme enojado y eso nunca sucedió. Ha pasado todo un día desde ayer, te aseguro que no hay nada en mí que deba perdonar. Si tu necesitas perdón, ve con Ananda; échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.
Tomado del libro: Shimriti – “De la ignorancia a la sabiduría”, de Jorge Bucay
Algunas emociones son difíciles de discernir, a veces por la fuerza que contienen, por su capacidad de alterar y de intranquilizar, también porque hacemos daño a otros y a nosotros mismos, y además cuando hay heridas emocionales, éstas se demoran un tiempo para sanar o por lo menos para tranquilizar. Escupir a alguien en el rostro, es un gesto vulgar y ofensivo, hiere la autoestima y la dignidad de una persona, y la respuesta a ésta provocación puede llegar a ser devuelta con actos de agresión multiplicados. La historia de hoy, tiene varios matices, que pueden generar reflexiones en situaciones parecidas, veamos:
La primera, es que hay seres humanos que sienten rabia con otros, sin que siquiera conocerlos: es usual oír comentarios, como: “fulano, me cayó mal”, “es que no me lo trago”, “esa persona y yo no podemos estar en el mismo sitio”, “es que se me daña el día, si me la encuentro”, en fin, por la mente de quienes piensan así, pasan guiones de películas, en las cuales los demás son los culpables de sus sentimientos.
Quienes invierten su tiempo con diálogos internos de rabia, viven enfermos emocionalmente y creen que la única manera de desahogarse es haciendo daño. Jamás han pensado que existe una diferencia grande entre desahogarse y liberarse.
En la segunda reflexión, llama la atención el modo de actuar de Ananda, presto a reaccionar de forma parecida al agresor y dispuesto a defender lo que no requiere defensa. Él es de los seres humanos, que se deja “pescar” rápidamente, cuando otros tiran los anzuelos.
-No se dio tiempo para pensar, que la rabia del otro, no le pertenecía a él.
La tercera, es la actitud del maestro, quien a través de su expresión de gratitud y su gesto sereno, propició un espacio de reflexión. Sin agresión, ni grosería, y sin muchos sermones, llevó al agresor, a analizar su comportamiento y quizás a realizar transformaciones trascendentales en su vida.
La cuarta, es la actitud del agresor al pedir perdón, tarea compleja, cuando se ha hecho daño a otros; a pesar de que el maestro no requiere de esa compensación, es necesario anotar, que no se puede ir por la vida, infringiendo dolor y luego creer que el perdón todo lo sana, más aún cuando en muchas ocasiones es un gesto automático y repetitivo, cotidiano. ¡No! Así tan simple no se curan las heridas.
La quinta, es la respuesta final, y es que a algunas personas les encanta que les pidan perdón, les hace sentir importantes y hasta generosos, un sí, les alimenta su ego..
En el mundo de cada uno de nosotros, tal vez le damos vida a estos tres personajes.
-¿Con cual de ellos, se identifica más usted: con el maestro, el agresor o Ananda?
¿Se deja usted invadir por la ira?
-¿Qué otras reflexiones hace con esta lectura?
Finalmente -¿Cómo van sus gestos de bondad?
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015