Fanny Bernal Orozco


Según la tradición de Toledo, España, San Antón es el patrono de los animales. Su fiesta comienza el 16 de enero. Todos los habitantes encienden una gran hoguera en la plaza principal, tocan las campanas de la iglesia y lanzan brillantes cohetes. También suelen llevar a sus animales más hermosos para participar en un desfile.
En una de esas fiestas, un burrito pequeño y noble, llamado Baltasar, iba trotando entre un conjunto de hermosos caballos. Un corcel brioso de negro pelaje, le dijo: -Fuera de aquí. Los burros son tontos y feos, y hacen que nuestra imagen pierda impacto ante los ojos de las personas.
Entre todos lo empujaron hasta que tuvo que salirse del camino, y ya no le fue posible ver la imagen de San Antón, a quien tanto anhelaba conocer. Con sus pasitos lentos (la verdad es que cojeaba un poco de una pata), se regresó muy triste a su establo.
Al cabo de tres días terminó la temporada de la fiesta y todo volvió a la normalidad. Semanas después, iba Baltasar llevando su carga de heno, cuando se encontró en el camino al corcel de la fiesta, que encabezaba una partida de cacería. Mira -se burló el caballo. -Tienes el trabajo que te mereces.
Esa tarde, cuando Baltasar llegó agotado al establo, oyó cuchichear a dos hurones que le contaron:-Fíjate que en la partida de hoy, los cazadores se encontraron con una manada de lobos. Éstos los atacaron y algunos salieron malheridos. El que quedó en peores condiciones fue el hermoso caballo que iba al frente.
-¿Qué hicieron con él? -inquirió Baltasar.
-Lo dejaron allí, en el bosque. El burrito caminó hasta el lugar y encontró al presumido corcel. No podía moverse. Cuando vio a Baltasar derramó dos lágrimas.
-No todo está perdido, hermoso caballo -le dijo el burro.
Despacio lo llevó consigo al establo. El amo de Baltasar entendió qué ocurría. Le lavó las heridas. Le dio de comer y suficiente agua. El burrito siempre estaba a su lado. El caballo sanó por completo. Se quedó a vivir siempre con ellos. Comprendió que la belleza del cuerpo está en peligro, mientras la del alma, es mucho más segura.
Tradición popular española. Tomado de: www.valores.com
Hablar de las cualidades personales con presunción, puede que no tenga mayor relevancia; sin embargo, compararlas con los demás mostrando las diferencias y burlarse de ellas, sí es una actitud mezquina que indica falta de consideración e irrespeto, camino rápido hacia la humillación y el maltrato.
La persona presumida, tiene un ego que no ha aprendido a regular y que alimenta con pensamientos y creencias vanidosas. Tiene una pobre conciencia de la realidad y vive en un mundo que ha construido para él, mundo en el que quiere que los demás al entrar, le rindan pleitesía y le reconozcan como una majestad.
Una de las actitudes que más sobresale en estas personas, es que les gusta mostrarse y ostentar, hablan duro, se pasean delante de otros, les fascina ser mirados, y consideran que la belleza física es su bien más preciado y por ello cada vez con más frecuencia, quieren escuchar palabras de alabanza y reconocimiento. Por otra parte, creen que no se equivocan y que siempre tienen la razón, no saben ponerse en el nivel de quienes están a su alrededor, y tampoco les prestan atención, ni oídos, esto significa que son incapaces de vibrar con el dolor y las quejas de su mundo cercano y muy posiblemente tampoco les interesen.
Y es que para una persona que piense, sienta y crea que vive en un pedestal y mire desde allí, no es fácil bajar. Desprenderse de tantas ideas e imágenes construidas por largo tiempo, necesariamente requiere primero un largo viaje hacia su mundo interior, mirar, evaluar, reflexionar, decantar, soltar y tener la voluntad de aprender y transformar las necesidades poco sanas a través de las cuales, se esta alimentando.
Un ego inflado, es una coraza que impide sentir las verdaderas emociones y es una barrera que frena la comunicación afectiva y efectiva con las personas que le rodean, así que cada vez las distancias son más grandes y difíciles de franquear. Hay gente orgullosa por su posición y sus posesiones, enfocan su vivir cotidiano hacia el tener y aparentar, no importan los costos económicos, sociales, familiares y mucho menos los emocionales, creen que así viven bien.
El arrogante, mantiene relaciones emocionales perturbadoras, casi tóxicas, siempre querrá más y más y poco sabe de corresponsabilidad y entrega, cuando de vínculos afectivos se trata. Afortunadamente también hay seres generosos con una actitud de desprendimiento que son capaces de estar por encima de lo mezquino y saben dar la mano cuando otros lo necesiten:
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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