Jaime Alzate


Sin duda el mayor flagelo que durante más de cincuenta interminables años nos viene azotando es la cruel violencia, contra la cual no hemos logrado encontrar algo que nos permita, con un poco de optimismo, pensar que existe un leve rayo de esperanza que nos demuestre que antes de que esta generación deje de respirar sobre la tierra, lo pueda hacer con algún margen, aunque sea pequeño, de tranquilidad.
Pero como los males no vienen solos, entre la avalancha de desgracias que se han ensañado con los colombianos, se nos vinieron dos pestes de la peor calaña que estábamos muy lejos de suponer podrían llegar a azotarnos.
En los colegios y escuelas donde aprendimos las primeras letras se nos inculcaba, de manera certera, que dentro de todas las leyes que regían a nuestra, en ese tiempo bienamada patria, el máximo respeto que persona alguna debía tener era al sagrado poder de la justicia. No había una sola persona de bien, joven o vieja, a quien se le pasara por la mente una frase ofensiva contra las leyes que nos tutelaban, o contra los pulcros jueces y magistrados encargados de ejecutarlas, cuya sola presencia hacía que nuestros padres y abuelos, llenos de respeto, se despojaran de sus sombreros. Pero esto pasaba porque las personas que ostentaban el honor de ejercer la justicia, lo hacían rodeados de un halo de honradez y respetabilidad que los volvía intocables. No era gratuito que cuando se reunían las Altas Cortes a dirimir conflictos, el país entero respaldaba los fallos considerándolos como emanados de la justicia divina, por lo que no estaban sujetos a las controversias de los pobres humanos.
Pero desde los años cincuenta, sin que hubiéramos hecho algo para remediarlo, fuimos deslizándonos por el tobogán de nuestras desgracias, dejando de lado todas las enseñanzas que recibimos para ser ciudadanos de bien, para ir cayendo a profundidades que nunca imaginamos. Esto sucedió por personas que han convertido a la justicia en un ente más desprestigiado que el mismo Congreso de la República, que salvo honrosas excepciones, no ha logrado sacar la cabeza del pozo profundo de desprestigio en el que cada día se hunde más y más.
La justicia sufre de un espantoso cáncer y su cura está muy lejos de llegar. Es indispensable que así como se trata, la mayoría de las veces sin éxito, de extirpar la corrupción de los otros organismos del Estado, se haga algo rápidamente para detener esta carrera desenfrenada hacia el desprestigio total de este poder sagrado antes de llegar a límites sin retorno. ¡Qué lástima tener una justicia en la que nadie cree!
- Si hay un sector que tocó fondo es la salud, y al mencionarlo nos referimos al modo de vivir de todo un pueblo. La civilización moderna ha puesto sus columnas sobre bases de prosperidad y tranquilidad, que deben estar ancladas a una buena calidad de vida. Sin embargo, para colmo de nuestros infortunios, a pesar de los adelantos científicos mundiales, en Colombia la mayoría de compatriotas tiene que sufrir las desdichas de no recibir ni las más elementales medicinas para calmar sus males. Todo porque la plaga de la corrupción que envuelve a los grandes monopolios de la salud no ha permitido que los más pobres tengan siquiera para su supervivencia.
Cada que vemos las colas de gentes humildes esperando un turno en algún hospital, rogando por misericordia alguna atención a la que tienen el derecho legítimo, y que finalmente tienen que regresar en la madrugada a volver a hacer fila en medio de sus dolores, se nos revuelve la sangre. Pensar que individuos como el presidente de Saludcoop, para solo mencionar al peor pillo de este país, está en ese momento jugando golf con sus compinches en los clubes que construyó con el salario de los más humildes, nos indigna.
Este crimen es mil veces peor que el asalto de los ladrones de cuello blanco que se robaron a Interbolsa, porque lo uno afecta el bolsillo de quienes algo tienen, pero someter a los pobres a estos suplicios merece un castigo más fuerte que la cadena perpetua. La podredumbre de la corrupción no tiene límites en este país.
P.D.: Si no puedes pagar un médico, anda a un aeropuerto. Allí te harán una radiografía y un examen de los senos gratis, y si mencionas a Al Qaeda también te harán una colonoscopia sin costo alguno.
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