Efrain Castaño


De pequeño aprendí con la guía de expertos narradores los cuentos clásicos que hacían volar la imaginación y el deseo hacia metas dignas y bellas; desfilaron el caballo de siete colores, Dumbo volador, Bambi, Alí Babá y los cuarenta ladrones, Pinocho, Blanca Nieves, Caperucita y muchos otros que llenaban la vida de brillantes anhelos.
Recuerdo hoy uno que fue escrito por el matemático inglés Lewis Carroll en 1865 y que parece reflejar lo visto en su hogar pues siendo once hijos, siete eran mujeres; tomó como protagonista de su cuento a una mujer y en la narración lleva una sabiduría que mi buen amigo profesor la resaltó: "Alicia en el país de las maravillas".
Alicia como toda niña era tierna, curiosa y andariega; se lanza a conocer el entorno de su comarca y empieza a tomar diferentes estaturas según avanza su correría; unas veces grande y otras muy chica frente a los paisajes y escenarios; se siente incómoda siendo tan alta porque no se acomoda al juego de sus animalitos y compañeros y luego se cubre de miedo y horror cuando se hace pequeñita porque la liebre y el grillo se le hacen gigantes que la persiguen y pueden acabar con su vida.
Solo consigue sentirse bien y aplacar sus miedos cuando vuelve a su estatura normal y a ser la niña de siempre, apta para el diálogo y el juego con los que le rodean, situada correctamente en el mundo que la asombra con su belleza.
Nos decía el profesor aquel que nuestra vida es similar a aquella de Alicia; cuando nos creemos más grandes que los demás, cuando los vemos abajo y nosotros arriba, las relaciones se hacen mentirosas, ineptas, difíciles de adelantar porque la soberbia y el orgullo siempre son barreras para acercarnos.
Por el contrario cuando nos sentimos menores, pequeños, insignificantes, las relaciones con los demás se frenan, se dañan, porque el miedo y el complejo de ser inferiores ponen barreras a la cordialidad, al entendimiento, al acercamiento normal.
No debemos creernos ni superiores ni menores que los demás sino que por el hecho de existir somos iguales en oportunidades, vivencias, derechos, capacidades.
Sobre todo hay algo que da la verdadera posición en la vida, la situación correcta para existir bien: el amor revela a cada uno el valor de su existencia y crea cercanía, fraternidad, deseos de existir en unidad y comunidad.
Sentirse amado y poder amar dan una potencia superior al ser humano que sin inflarlo o disminuirlo lo sitúa con toda su realidad vital en medio de los demás; cada uno tiene valores que le hacen digno y capaz de vivir.
Para un creyente el sentirse amado por Dios y los que le rodean dan una certeza de vida nueva cada día y una fuerza de crecimiento en el servicio alegre y fraterno.
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