Jaime Alzate


Francamente ya no sé qué pensar sobre todo lo que nos está pasando en esta Colombia inmortal. Todos los días vemos con más asombro cómo ocurre una serie de acontecimientos que, en lugar de afianzar nuestro futuro, a cada momento se nos está volviendo más incierto. Después de que habíamos recuperado la confianza en nosotros mismos y en la suerte de nuestro país, hoy tenemos que decir con gran temor que estamos de nuevo cayendo en las manos de un terrorismo, el que nuevamente va adueñándose tanto de los campos como del corazón de nuestras ciudades, las cuales se han vuelto otra vez presas de toda clase de hechos violentos, que abarcan la más amplia gama de la maldad humana.
No pretendo hacer una apología del gobierno del Dr. Uribe, aunque reconozco con toda sinceridad que su lucha frente a los narcoterroristas nos devolvió mucha de la tranquilidad que ya creíamos perdida por completo. Fui muy partidario de la segunda reelección porque, en pocas palabras, la gran mayoría de los colombianos sentíamos que estábamos gobernados por un hombre recto, patriota y valiente, quien con su deseo de acertar ante los embates de los bandoleros nos dejó un horizonte de buenas oportunidades, para acabar de una vez por todas con la violencia que nos dejaron por herencia nuestros ancestros, y que viene arraigada a nuestra forma de ser desde los principios de la Colonia.
Vinieron las elecciones presidenciales de hace dos años, y con cierta resignación aceptamos la decisión de la democracia, podríamos decir que sin demasiada oposición, porque consideramos que su sucesor, el Dr. Santos, prácticamente era el sucesor más conveniente, porque durante el gobierno de Uribe, éste no solamente había sido su gran amigo, sino que como Ministro de Defensa había dirigido en forma muy acertada toda la estrategia militar, que llevó a grandes victorias del Ejército y la Policía contra los narcoterroristas.
Pero poco duró esta que parecía una unión indestructible, y yo estoy convencido de que la gran enemistad que se cogieron Uribe y Santos, quienes después de unas interesadas demostraciones de gran amistad terminaron jalándose de las mechas como dos gamines de barrio, fue debido a que ninguno de los dos se podían ver ni en pintura por la rivalidad mutua que sentían, lo que dio pie a que las demostraciones de fidelidad entre los "dos mejores nuevos amigos", solo sirvieron de pretexto para que esa amistad se convirtiera en la más profunda controversia.
Entonces, como pasa en casi toda relación humana, se llegó a la comprobación de que de un profundo afecto muy fácilmente se termina en una enorme enemistad. Desde entonces hemos sido testigos de que el viejo dicho "el amigo de mi enemigo, es mi enemigo" es una verdad que no tiene reversa, y así lo confirmó su otro nuevo mejor amigo. Es así como hoy vemos cómo la nueva forma de tecnología conocida como la "twiteria" ha servido para que se haya formado un tejemaneje de insultos entre estos tres personajes, que no creo estén haciendo ningún favor a las ya muy tensas relaciones entre dos naciones que deberían tenerse, al menos, mayor respeto entre sus mandatarios.
El Dr. Uribe tiene su buena parte de razón en sus ataques contra los otros dos presidentes, aunque últimamente se ha excedido en ellos, pero a su vez Santos sigue dando cova para que Uribe se descargue con frases hirientes, en las cuales es un maestro. El país ha reconocido en Santos un buen presidente, pero desafortunadamente la reversa que estamos teniendo en la seguridad democrática le ha quitado mucha estabilidad, lo que estamos confirmando en las grandes pérdidas de nuestros soldados que nos producen un dolor tan grande, que nos está haciendo sentir que hemos vuelto a retroceder en esta cruel guerra, debido al avance de los facinerosos.
Entonces, quedamos entre la espada y la pared, porque estamos en la disyuntiva atroz de ver por un lado cómo el país avanza en su economía, pero por el otro sentir con inmenso temor que tengamos que volver a sufrir otra vez el terrorismo en toda su crueldad, como acaba de pasar con el atentado al Dr. Londoño.
Necesitamos, de una vez por todas, la unión de estos dos grandes y patriotas jefes, y dejando de lado inútiles peleas. Volvamos a retomar el camino que nos lleve a la paz a todos los colombianos, quienes somos los únicos que podemos exigir que se nos respete y hacernos respetar por el bien de Colombia.
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