Luis Prieto


El café, con su cultivo y comercialización, ha tenido un significado noble para la vida colombiana. Su conjunto ha dado lugar a una cohesión social, no lograda por ninguna otra actividad nacional.
Desde su inicio, se constituyó el baluarte de la economía colombiana y por más de cien años fue el único producto de exportación, generando las divisas para el equipamiento industrial y para cubrir todas las importaciones requeridas, para la vida de las gentes colombianas. Abrió las puertas, con mucha anticipación, del comercio internacional del país.
Antioquia, por mucho tiempo, fue la región de mayor producción y desde siempre le ha infundido una virtuosa calificación de nobleza. Sus productores han vivido permanentemente al lado de sus matas, como si fueran parte de su humanidad. Han sido fieles a este su quehacer natural, en las buenas y en las malas, sin que sus árboles hayan dejado de recibir todo lo necesario, inclusive a costa de su sustento familiar. Por eso la calidad cafetera antioqueña campea en la vanguardia nacional.
Con todo y ello, quién creyera, Manizales se constituyó por años en vocero nacional de la industria cafetera. Sus mejores hombres hicieron carrera en la defensa vehemente de sus intereses, e inclusive convirtieron la vida del café en columna de su realización política y posición en la actividad comercial y financiera del país. En ese entonces, la llamada escuela de Manizales fue el centro de discusión de las estrategias para el desarrollo colombiano.
Hoy las cosas han cambiado. Ya el primer productor de café colombiano, no es Antioquia, ni tampoco el llamado Eje Cafetero. Lo es Huila y sus alrededores. Gentes frescas y con dos laderas geográficas aptas para la producción de este grano, de un momento a otro se convirtieron en el mayor productor de café y por lo tanto los más importantes miembros de la Federación Nacional de Cafeteros. Hemiciclo severo y exclusivo, donde se emana todo lo que tenga que ver con la vida y milagros del café. Como gran rector, tiene facultades de cobrar impuestos a sus exportadores y surtir así su generoso presupuesto. Selecciona el café que se exporta, y condiciona quién tiene derecho o no a esta delicada actividad. Eso entre otras mayores atribuciones, siendo la principal distribuir el presupuesto, siempre frondoso entre las regiones cafeteras, de acuerdo a su producción.
Dos cosas se han malogrado. Una, la caficultura nacional fue sometida a una ambiciosa renovación de sus cafetos. Si bien loable por sus objetivos de calidad y producción, malo por la forma que se ha llevado a cabo sacando de un tajo media producción, alejando del mercado ese total. Ausencia que ha llenado otros países también de café suave arábigo. Hoy el café colombiano tiene dificultades de colocación en el exterior.
Otra cosa importante que ha desaparecido es el mercadeo, considerando el café colombiano por sus condiciones como un producto diferente, más como delicatessen que como de supermercado. Esta fue una idea cuando se inventó la presencia de Juan Valdez con su mula, cargada de bultos de café. Una promoción costosa, pero formidable para el mejor café del mundo, que se saborea sin mezcla alguna y que llega a las gentes con simpatía y curiosidad.
Hoy el café anda de capa caída. Su precio en el exterior es el mínimo por muchos años. Las quinientas cincuenta mil familias que viven del café pasan hambre. Solo una huelga con manifestaciones nunca antes vista obligó al gobierno nacional apoyarlos con un subsidio mientras pasa la tormenta de los bajos precios externos.
Pero todo esto ha producido daños irreparables. En el Eje Cafetero se han cortado muchos cafetos, un crimen inaceptable. El café ha sido el producto agrícola por excelencia a lo largo de la historia. Su crisis actual se debe a la gran producción de Brasil. Pero seguirá siendo el rey para numerosas familias cafeteras y para la balanza comercial del país. El suelo donde reina nunca ha sido propicio para sus rivales.
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