Efrain Castaño


“Es hora de volver a Dios” reza el lema de la Misión Continental en la Arquidiócesis de Manizales enmarcada en la Cuaresma como tiempo de reflexión y cambio. Creo que la historia de la monja y Elvis puede impulsarnos.
La monja en la década del 60 se llamaba Dolores Hart nacida en un hogar roto de Chicago; vivió por ello una infancia inestable pasando de familiar a familiar hasta situarse en casa de los abuelos a la edad de diez años.
Por su belleza y gracia se abrió fácil camino entre escenarios, luces y cámaras; protagonizó algunas películas y fue muy cercana en afectos sobre todo de dos grandes del espectáculo: Elvis Presley llamado el rey del rock y Gary Cooper, grande en la pantalla.
Le llegó la fama y el dinero, actuaciones en Broadway y reconocimiento profesional por su arte; entre aplausos y cariño de la gente fue corriendo una interesante etapa de su existencia.
En la reciente entrega de los premios “Óscar” de la Academia cinematográfica se hizo mención de esta Dolores que es ya la Madre Judith y quien ostenta un hecho concreto: fue la primera mujer en protagonizar en la pantalla un beso con el admirado y deseado rey del Rock Elvis Presley quien enloquecía a la juventud de su época con los nuevos ritmos; por ello fue admirada y hasta envidiada por muchas mujeres.
Dolores estaba en el pináculo de la gloria artística y hasta avanzaba en afectos de horizontes matrimoniales con el empresario de Hollywood Sr. Robinson.
Pero un día la Dolores dijo adiós a todos y anunció su determinación: entraría a una Abadía Benedictina estadounidense Regina Laudis en Connecticut, pues según lo anotó: “he encontrado mi casa por el resto de mis días”.
La ahora Madre Judith exmaestra de novicias y actual priora es la única monja miembro de la Academia de Cine con derecho a voto para la concesión del Óscar, sí, ella puede dar su opinión y es válido en lo referente a la premiación del Óscar.
Lidera en la actualidad en Estados Unidos una iniciativa que está moviendo la juventud en el arte: una actividad teatral desde el convento que pone en escenas en especial títulos de las obras de Shakespeare.
Gracias a esta gestión ha conseguido que antiguos compañeros de la pantalla la apoyen y la busquen para sosegar sus inquietudes espirituales; ella abriendo su brillantes ojos anota sonriente porque alegre es la vida de Fe: “me siento feliz de poder ofrecer un lugar dónde encontrarse con Dios”.
Es hora de volver a Dios: todos y en todas nuestras profesiones y estados de vida con la misma alegría de la simpática Sor Judith, la del famoso beso.
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