Efraim Osorio


Tal vez quiso decir ‘órbita’ o ‘trayectoria’, pero terminó expresando ‘eliminación’ o ‘supresión’. Esto le aconteció al columnista César Montoya Ocampo en las siguientes oraciones: "Y sólo el Altísimo puso punto final a su elipsis de gloria" (la de Gilberto Alzate Avendaño); "¿Qué arúspice hubiera sido capaz de describir la elipsis de Marco Fidel Suárez, nacido en una covacha miserable?". "Estas divinidades juegan con sus elipsis, encaramándolos a veces en la cresta de los acontecimientos…" (LA PATRIA, 8/23/2012). En efecto, en estos ejemplos emplea tres veces ‘elipsis’ por ‘elipse’. ‘Elipsis’, según El Diccionario, es una "figura de construcción, que consiste en omitir en la oración una o más palabras, necesarias para la recta construcción gramatical, pero no para que resulte claro el sentido", por ejemplo, "come como un glotón, y con la izquierda" (come como come un glotón, y come con la mano izquierda). Y ‘elipse’, de acuerdo con la misma fuente, es, en geometría, "lugar geométrico de los puntos del plano cuya suma de distancias a otros dos fijos llamados focos es constante. Resulta de cortar un cono circular por un plano que encuentra a todas las generatrices del mismo lado del vértice". Un sinónimo del vocablo ‘elipse’ es ‘órbita’ ("camino que sigue un astro en su movimiento de traslación"), y de éste, ‘trayectoria’. De aquí que, alegóricamente, se pueda hablar de la ‘elipse’ (no de la ‘elipsis’) de una persona, para referirse a su trayectoria política, literaria, científica, o, llanamente, para indicar su paso por este Valle de lágrimas, con la acepción de "desarrollo de una persona o de una cosa a través del tiempo".
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En el mismo artículo, el doctor Montoya Ocampo, en su descripción de Alzate Avendaño, dice: "Seguramente un gordiflón, con explosiva sangre militar". El término castizo es ‘gordinflón’, de ‘gordo’ e ‘inflar’. Pero también, y desde hace mucho tiempo, es correcto decir ‘gordiflón’. En su significado, la palabra ‘gordo’, proveniente del latín vulgar ‘gurdus-a-um’, sufrió una metamorfosis notable, pues primero quiso decir ‘burdo, palurdo, estúpido, necio, insensato, embotado’; luego, ‘grueso’; y, finalmente, ‘gordo’. En el latín clásico, a un hombre grueso o corpulento le decían ‘crassus homo’. Con este adjetivo calificamos el error y la ignorancia cuando son disparatados y protuberantes. Y es prácticamente la única acepción con que lo usamos, aunque significa también ‘grasoso’.
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De mi escasísimo vocabulario infantil recuerdo la palabra ‘sapotear’ (que pronunciábamos ‘sapotiar’), porque era una de las que más usaban las mamás de la época, aquellas que siempre estaban en la casa, metidas todo el día en la cocina para despachar los tragos, el desayuno, las onces, el almuerzo, el algo, la comida y la merienda, pero que sacaban tiempo para coser, tejer, pintar, remendar pantalones, zurcir medias, hacer y recibir visitas, y levantar una docena de muchachitos: "¡No sapotee la comida, mijo!". En su libro, "Voces fatigadas", el señor Álvaro Marín Ocampo da de este verbo estas dos definiciones: "Sapotiar. Ejercicio del ‘velón’. Probar algún alimento de manera subrepticia. // Práctica perniciosa y chapucera consistente en empezar varias faenas al mismo tiempo, sin terminar ninguna". Es un colombianismo, muy viejo, muchísimo más que cualquiera de los jubilados que recorremos las calles de la ciudad; y que no se escribe con ‘zeta’, como aparece en una columna muy folclórica del señor Pablo Mejía Arango: "…deberían dedicase a terminar tantas obras que llevan décadas de costrucción, en vez de zapotiar más" (LA PATRIA, 25/8/2012). Y se escribe con ‘ese’, porque, así como nosotros la usamos, no es otra cosa que la forma espuria de ‘sopetear’, que, para la Academia de la Lengua, significa "mojar repetidas veces o frecuentemente el pan en el caldo de un guisado"; también, "maltratar o ultrajar a alguien". A estas definiciones, dice don Roberto Restrepo, hay que agregarle "la acepción figurada de probar, tentar", y ¡cómo no!, las que nosotros siempre le hemos dado.
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El alma humana tiene dos facultades, la inteligencia, llamada también mente, entendimiento, intelecto, etc.; y la voluntad, con la que, en términos generales, decidimos hacer unas cosas y desechar otras. La inteligencia nos proporciona las ideas, y con ella discernimos y razonamos. Y tenemos otra facultad, la imaginación, que es la que materializa lo intangible y les da cuerpo a las ideas; la que nos hace soñar despiertos y pasar las noches en vela, repartiendo la plata del baloto y de las loterías, que nunca ganamos; la que nos busca cuando quiere, y se aleja sin pedirnos permiso; entra y sale o se queda sin nuestro consentimiento; y es desordenada, desconsiderada e irreverente. Por todos estos ‘atributos’, Santa Teresa de Ávila (s. XVI) le puso el remoquete de "la loca de la casa". El padre Gonzalo Gallo le atribuye todo esto a la ‘mente’, no a la ‘imaginación’, en esta frase: "La mente o "loca de la casa" juega contigo cuando se inventa mil historias" (LA PATRIA, Oasis, 27/8/2012). Disquisiciones filosóficas aparte, siempre se han considerado diferentes la ‘mente’ (inteligencia) y la ‘imaginación’.
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Bochornoso: Nuestra VEINTITRÉS, la penosa pasarela del mal gusto y el abandono.
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