Fanny Bernal Orozco


Érase una vez una embarcación majestuosa que navegaba con orgullo, por los distintos mares de la vida. Su forma, apariencia, gracia... hacían que resultase como una hermosa sirena. Siempre segura de su rumbo y de que el viento sería su mejor compañero. Un día se introdujo por extrañas aguas, ciertamente peligrosas. La embarcación no sabía con exactitud qué le estaba sucediendo.
-Pensaba: jamás he conocido estas latitudes. De pronto, el viento cesó de soplar. Así que sin causa que lo justificase, se vio en un paraje inhóspito, extraño y desconcertante. El tiempo transcurría y su situación era la misma, ausencia total del viento. Ningún buque el horizonte. Comenzó a desconfiar de sus cualidades, de su pretérita capacidad para afrontar con valentía las distintas rutas, que en un futuro cercano tendría que realizar. ‘Desesperó’. Un día sus velas apreciaron una leve brisa. Aquello, llamó mucho su atención. -Dime.... ¿qué haces aquí?, ¿te has perdido?
La embarcación que, en principio mostró cierto asombro, terminó preguntándole:-¿quién eres? El singular viento le respondió; no temas, siempre estoy por estos lugares. Soy un viento solitario. ¿Necesitas ayuda?
-Sí, me he perdido y ahora no sé con exactitud el lugar en el que me encuentro. Ignoro cuál es la ruta más adecuada para salir de aquí. Replicó ella. Él, añadió:- navegas por el mar de la ingratitud, también conocido como el de la indiferencia... Pero –prosiguió -no debes sufrir inquietud alguna, intentaré sacarte de aquí. Durante muchas jornadas, meses, el viento sopló con todas sus fuerzas sobre las inertes velas de la hermosa embarcación, hasta que la tonalidad de las aguas retornó a ser lo que, en su día, fue. El viento, abandonó aquellos parajes con suma tristeza. Sabía que, posiblemente, jamás se encontrarían. Muy a su pesar y, con un exceso de malestar, permitió que otros vientos impulsaran las velas de la embarcación. Mi misión, ha terminado, pensó él.
Tomado de: www.cuentosdegaia.blogspot.com | Osvaldo Ramón Olmea Alonso
El ser humano en el transcurso de su vida, navega por diferentes aguas. En algunas ocasiones éstas son tranquilas y serenas, se puede mirar a través de ellas y saber qué hay en el fondo, en otras oportunidades hay turbulencias fuertes que amenazan la estabilidad y las rutas planeadas, no hay manera de mirar hacia el fondo, ni darse cuenta de cómo es el horizonte. Y existen también momentos en los cuales, se está a la deriva, no hay metas claras, ni brújulas que puedan ayudar a direccionar el viaje.
Sin embargo, ocurre muchas veces que en los momentos más difíciles aparecen, casi de forma milagrosa, personas que llegan a auxiliar y a brindar desinteresadamente: tiempo, apoyo emocional, asesoría, y lo que antes aparentemente no tenía salida, poco a poco se transforma, ante nuevas puertas para abrir y explorar.
Lo anterior no significa que cesen las tormentas, quiere decir que se puede aprender con la ayuda que se recibe, o que se busca, a mirar y a interpretar los sucesos críticos de manera que no tengan un peso emocional tan fuerte o nocivo en el mundo emocional.
Dice la psiquiatra Elisabeth Kubler Ross, que las personas vivimos y nos movemos, en lo que ella denomina: ‘La rueda de la vida’, ello quiere decir, que hay movimientos y cambios, así mientras en algunos momentos de la historia personal se está arriba, otras veces se está muy abajo, cualquiera que sean los giros, que cada uno esté afrontando, es importante tener presente a aquellos seres que sin importar la gravedad de las tormentas, o hacia dónde está girando la rueda, se han acercado a brindar apoyo y consuelo. Y con ellas, o por ellas se ha navegado hacia vientos favorables.
Expresar gratitud, aprender de la experiencia, tener actos de bondad, ser compasivo, ponerle límites a los hábitos dañinos, son algunos de los aprendizajes que quedan, después de que pasan las mareas.
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
Profesora Titular Universidad de Manizales.
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