Fanny Bernal Orozco


Un maestro de combate a mano desnuda, enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la región que nadie podía competir con él. Los demás profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos. Un joven experto que había decidido enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar al maestro con el fin de terminar con su reinado. El experto se presentó en la escuela, un anciano le abrió la puerta y le preguntó qué deseaba.
El joven anunció sin dudar su intención. El anciano le explicó que esa idea era un suicidio ya que la eficacia del maestro era temible. El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en dos. El viejo permaneció imperturbable. El visitante insistió de nuevo, amenazando con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades.
El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció. Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo: El maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo. El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros adoloridos.
Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba, durante años entrenó, sus músculos y su cuerpo se endurecía día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó en la puerta de la escuela, fue recibido por el mismo anciano. Exigió uno de esos bambúes de la prueba y no tardó en calarlo entre dos piedras. Se concentró algunos segundos, levantó la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción se volvió hacía el frágil anciano. Este le declaró un poco molesto: Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el maestro rompe el bambú… sin tocarlo.
El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este maestro cuya simple existencia no había podido verificar. En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros del bambú… que saltó en pedazos. Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó varios minutos sin poder decir palabra, estaba petrificado. Pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.
Tomado de http://4grandesverdades.files.wordpress.com/2 Cuentos y fábulas de Buda.
La persona presuntuosa vive en un mundo diferente al de los demás mortales, ha creado uno especial para él, dónde según sus creencias, no cabe sino él, y esta actitud le aleja cada vez más de la realidad que lo circunda. Ve a otros seres humanos con desdén y desprecio, ya que jamás podrán estar a su altura.
Por supuesto que esta actitud genera reacciones en quienes le rodean, pues mientras para algunos es éste motivo de rabia y de molestia, otros creen ciegamente en todo lo que expresa y hasta alaban su insensatez. Quizás no han pensado que detrás de las actitudes y el lenguaje del presuntuoso hay un fuerte desprecio e indiferencia hacia los demás, lo que le lleva a rebajarlos y a humillarlos sin ninguna consideración.
Les gusta estar demostrando su poder, y por ello, no dudan en retar y en ofender, lo cual no les importa, ya que siempre creen que tienen la razón, actitud que legitiman quienes de manera ciega le siguen y le aplauden, perpetuando la insolencia y el daño a los demás, a los que de pasada también les niega su existencia, invisibilizandolos.
A este tipo de personas les cuesta tejer relaciones respetuosos y empáticas, su inmensa autovaloración es una barrera que les impide conectarse con las emociones de los demás; esta conducta en muchas ocasiones es un abono para que crezca la rabia, el miedo, los deseos de venganza, y por supuesto, es una muralla por dónde no pasa el amor.
Lo anterior significa entonces, que una persona con un ego así de insuflado no tiene la más mínima posibilidad de encontrarse humanamente con los demás y tampoco podrá reflexionar sobre sus palabras y actitudes, a menos que reciba una lección de vida que le deje ‘petrificado’.
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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