Eduardo García A.


Octavio Paz fue durante mucho tiempo en México una especie de padre escuchado, un maestro del que todos aprendían mucho, aunque también un ogro temible que no perdonaba a sus enemigos ideológicos o literarios. A veces lo mostraban en las caricaturas como un furioso dios griego rodeado de rayos y centellas que regañaba a sus súbditos.
En esos tiempos Paz se había acercado al poder y olvidado sus juveniles ideas
progresistas y casi toda la intelectualidad de su país lo criticaba por su cercanía con la gran cadena Televisa y su amistad con los grandes hombres del partido gobernante, mientras era muy severo con los candidatos o personalidades de izquierda, a las que fustigaba día a día en la prensa.
En ese sentido era muy valiente, pues no le importaba luchar solitario contra lo que en ese entonces se consideraba lo "políticamente correcto". Uno podía estar en desacuerdo con él, pero respetaba su espíritu polémico y la buena prosa con la que emprendía sus batallas en las décadas posteriores a mayo de 1968 y el auge de las ideas del Peace and Love y el sueño revolucionario. Al final de su vida luchaba contra los molinos de viento de la izquierda, a la que consideraba ya vencida para siempre.
Cuando se celebraron con pompa sus 70 y 80 años, los suplementos literarios publicaban fotos donde se le veía al lado de su gran amor, la esposa francesa gracias a la cual su vida se equilibró y continuó sin parar rumbo a los éxitos literarios y sociales. En esos últimos treinta años, la vida de Paz hubiera sido otra sin ella: se observaba en las fotografías, en el claro amor que los unía a través de un pacto de vida iniciado cuando se conocieron en la India bajo la canícula, junto a las ruinas milenarias, un amor que muchas veces se reflejó en su obra poética.
A los 70 u 80 años, Paz era un anciano lúcido, alegre, inquieto que nunca se inclinaba o se fatigaba en las batallas intelectuales. Era también un verdadero ejemplo de fuerza literaria, ambición y espíritu polémico, capaz de abordar todos los temas del momento cuando el mundo experimentaba grandes cambios culturales, terminaba la guerra fría, el mundo bipolar, se hundía el bloque soviético y parecía terminar para siempre la historia como decía Fukuyama. Las comunicaciones se hacían más veloces y la globalización se extendía y dominaba todo y ese nuevo orbe cultural lo fascinaba.
En los últimos años, después del Nobel, a Paz se le vio más reconciliado, pues había triunfado en todos los frentes: el izquierdismo que criticaba con saña estaba entonces en ruinas, el mundo se reconstruía en otras placas tectónicas culturales y de hecho la Academia Sueca le dio en Nobel como una forma de cerrar el capítulo de Neruda y García Márquez, colombiano este último a quien Paz no quería y nunca quiso reconocer en su revista Vuelta cuando obtuvo el galardón sueco.
Durante todos esos años su poesía y algunos de sus ensayos como Los hijos del limo, Los signos en rotación, El arco y la lira, Cuadrivio fueron claves para muchos lectores. Siempre fue una delicia leerlo cuando hablaba de otros autores y de literatura en general. La parte política de su obra era menos interesante y perecedera, pues transcurría en ese fangoso terreno de las emociones, por lo que con sus contrincantes no había acuerdo ni síntesis posible.
Paz murió convencido en el triunfo final del capitalismo y de las ideas neoliberales, sin intuir que unas décadas después, en medio de la crisis, esas ideas renacerían a comienzos del siglo XXI y volvería a ponerse de moda la lucha por la justicia social en toda América Latina. Le hubiera sorprendido también el auge de las ideas religiosas y el surgimiento de nuevos fanatismos teocráticos que reemplazaron las ideas de izquierda contra las que combatía.
Pero Paz tuvo suerte de haber nacido en un país milenario y complejo, un faro prehispánico y colonial, lo que le hizo posible escribir una bella y profunda obra poética y ensayística que perdura más que su ideario político.
La imagen en el mundo de México ha sido tan fuerte como la de Egipto o la India y por eso pudo abordar desde ese faro nacional los ejes en rotación de su cultura y escribir una obra maestra como Piedra de sol, además de establecer lazos con la India y Oriente en general en varios de sus libros.
Las ideas políticas pasan y los hombres y la poesía quedan, por lo que haber vivido de cerca el crepúsculo de ese escritor fue una fortuna para muchos, que aprendimos con su prosa a polemizar y a equivocarnos.
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