Efrain Castaño


Enciendo la televisión queriendo descansar un poco con imágenes reconfortantes; están en una de las telenovelas que llaman para todos; solo con algunos minutos y aparece la escena que parece no poder faltar en todo programa: una pareja cae en infidelidad dañando la armonía de un buen hogar.
Cambio de canal esperando encontrar algo distinto; es otra novela, la que compite con la anterior en logros de sintonía; veo que se trata del traslado esclavizante de jóvenes para comercio de sus vidas; encadenadas, insultadas, golpeadas, el machismo haciendo gala una vez más de violencia y posesión de la mujer como mercancía de "úsese y tírese".
Aunque es drama real y actual sin embargo me parece que no es positivo la presentación repetida de posturas esclavistas; me brotó el desgano total al ver cómo en una escena, un hombre (de oscuro y gafas negras como su corazón) mata a una mujer que le reclama sus derechos.
La verdad, apagué el televisor entre contrariado y preocupado. Me trasladé a los cientos de salones de clase donde buenos profesores y maestras enseñan a sus alumnos buenos modales, principios de rectitud de vida, actitudes de amor y familia.
Mi mente me llevó a recorrer escuelas y colegios donde a diario se enseña la manera para vivir correctamente; me acordé que en esas aulas se construye un país mejor, una civilización del amor en la cual sea posible el desarrollo, el progreso, el ascenso de las personas que desde la niñez y juventud reciben las pautas mejores para adelantar en este viaje que es la vida.
Hoy, día del Educador, vale elevar una felicitación a estos artífices de la patria nueva, de vidas mejores y llenas de ánimo por el buen vivir.
Recordé lo que es bien sabido en el caminar de las naciones: enseñar no es solo cuestión de los salones de clase, es también asunto de la familia, el deporte, la comunicación social; es cuestión global en cuanto necesita la unión de todos para enseñar y dar medios de buen vivir a todos los que se forman.
Hoy es día para agradecer a quienes dedican su vida y servicio a la labor educadora en las escuelas, colegios y centros de formación superior, porque como el sembrador que riega buena semilla o el artista que pule su obra, son un valor de alto impulso en nuestra sociedad.
No permitamos que la irresponsabilidad en la comunicación social de algunos que en nombre del arte degradan la persona humana decapite la enseñanza que en las aulas los buenos maestros hacen surgir en el corazón y la mente de los alumnos.
Duele saber que se cierran locales educativos y que aún estamos lejos de la educación gratuita para todos; no es lógico ni justo que para la educación no haya un presupuesto suficiente.
Gracias a los educadores. Que la Iglesia siga propiciando buenos colegios para suscitar buenos cristianos que sean excelentes ciudadanos.
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