Jaime Alzate


Aunque tenga que repetirlo por enésima vez, para mí, entrado en los setentas, nada sería más placentero que poder vivir mis últimos, espero que sean años, en un país en el cual la paz nos haya cubierto, y nuestro hijos y nietos puedan salir de sus casas e ir a sus colegios con toda la seguridad de que por la tarde regresarán sanos y salvos a los brazos de sus padres.
Lamentablemente hemos caído en las garras de bandadas de asesinos que durante años nos han atacado con infinita crueldad en todos los rincones de la patria, sin tener ninguna misericordia con los niños, ni con las mujeres, ni con los ancianos.
La cobardía de las Farc los ha llevado en los últimos días a cometer uno de los más repudiables crímenes, como fue destruir y arrasar sin el menor sentido de humanidad una escuela en el Caquetá, donde no solo se educan cientos de niños campesinos, sino que, como cosa rara, estaba funcionando con eficiencia como albergue y restaurante de estos pobres muchachitos que sentían un gran amor por su segunda casa que tanto les ayudaba a calmar sus ansias de aprender, ayudados por la satisfacción de poder calmar el hambre, que debido a los escasos recursos de los buenos y sufridos campesinos de nuestro país, y los largos caminos que tienen que recorrer, muchas veces nos les es fácil satisfacer.
Con solo este hecho, me atrevería a decir que se me hace casi imposible, y ojalá esté equivocado, que unas llamadas mesas de negociación por la paz puedan llegar a un final satisfactorio, sobre todo para Colombia, porque según se está viendo en estas reuniones, es que con cara ganan ellos y con sello pierde el país.
Esta situación nos deja la impresión de que la paz se ha convertido en el cadáver insepulto de Felipe IV, el marido de Juana la Loca, con quien ella se recorrió toda España, sin que su demencia le permitiera enterrarlo. Vuelvan a creerme, lo digo con toda mi alma que, por mi edad, quisiera que estas reuniones se reflejaran lo más pronto posible en una tranquilidad desconocida para todos los colombianos para poder conocer en vida lo que se llama paz.
Debemos exprimir nuestros sentimientos y ponerle algo de optimismo a toda esta parafernalia, esperando que con la ayuda de arriba, los grandes capos de los bandoleros se arrepientan de sus cobardes crímenes y se larguen para países lejanos a gozar de sus sucios dineros obtenidos con la sangre de nuestros compatriotas.
El otro cadáver insepulto, que está creando una de las más truculentas historias de la época moderna, es el del comandante Chávez. Todos los días nos llegan más y más informaciones contradictorias, dentro de un misterio que ha sobrepasado la imaginación de los grandes maestros de novelas de terror. Lo último que sabemos por cuenta de los más allegados áulicos del régimen, es que este señor dizque se está mejorando paulatinamente, y pronto lo veremos pronunciado sus interminables discursos en la plaza pública. Esto realmente sería algo de susto.
Por otro lado, la oposición en Venezuela, que está totalmente atomizada, exige aunque sea una mínima prueba, no de que esté mejor, sino de que al menos esté vivo, que es ya mucho decir.
El panorama, ni allá ni acá, es claro. Ambos sucesos nos tienen con una gran depresión, porque dependiendo de lo que Dios quiera, ya que esto se nos salió de las manos a los pobres humanos, podremos en un día cercano volver a respirar con optimismo, o pasaremos a mejor vida en medio de esta angustia que tanto nos atormenta.
Ya decía la semana pasada que esperaba que el Dr Santos saliera adelante con su estrategia por la paz, pero los últimos hechos sangrientos, ejecutados por las bandas criminales no nos permiten tener muchas esperanzas.
P.D.: Mi novia siempre se ríe cuando hacemos sexo, no importa lo que esté leyendo.
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