Fanny Bernal Orozco


Sólo tenía cinco años de edad cuando se quedó huérfano y fue acogido en un monasterio. Con los años se hizo monje. Tenía dotes para la búsqueda espiritual, la comprensión de los textos sagrados y la concentración de la mente. Además de ser muy inteligente, destacaba, sobre todo, por ser una criatura siempre cariñosa y afable. Cierto día el abad hizo llamar al monje y le dijo: -La naturaleza ha sido generosa contigo. Tu cuerpo es fuerte y sano, tu mente es brillante, y tu corazón es amoroso y compasivo. No me extraña que a todos les guste tu presencia en nuestro monasterio y te hayas ganado el afecto de todos los que aquí estamos. Estás capacitado para tantas actividades que de hecho no sé qué labor encomendarte. Eres así mismo la persona más capacitada para en su día sucederme. Creo que debes ser tú mismo el que decida qué tarea desempeñar.
El monje, sin dudarlo un instante, dijo: -Lavandero. -¿Lavandero?-preguntó el abad perplejo y sin poder creer lo que escuchaba. -¿Lavandero? -Sí, lavandero -aseveró el monje. Desilusionado, el abad preguntó: -Pero ¿por qué precisamente lavandero? -El monje repuso: -Porque así los demás me traerán su ropa para que la lave y luego se la llevarán. De ese modo, nada tendré que me pertenezca y seré libre. La ropa viene y la ropa se va. Nada quiero retener. Mi deseo es convertirme en el monje lavandero.
Tomado de: ‘Cincuenta cuentos para meditar y regalar’, de Ramiro Calle.
El ego es tan grande en algunas personas que la sola idea de imaginar que sus posesiones puedan estar en otras manos les causa terror o indignación. Entendiendo que las posesiones son de diversa índole: emocionales, afectivas, económicas, simbólicas, las cuales forman parte de una compleja trama en la vida de cada persona.
En la experiencia del vivir, se va adquiriendo un patrimonio que muchas veces se logra a partir de frustraciones y desvelos, así entonces, mientras para algunas personas éstas son conquistas difíciles, para otras estos asuntos resultan relativamente fáciles. Cualquiera que sea el camino recorrido, perder, entregar, o dejar ir aquello que se considera propio, no siempre es posible sin que ello cause dolor, rabia, temor, culpa, o sufrimiento.
Hay seres humanos que han tenido pérdidas económicas, emocionales, afectivas, que añoran constantemente lo que tuvieron y se quejan todos los días, su actitud es la de contemplarse sus heridas y a veces buscar conmiseración de quienes le rodean. Están ancladas a su pasado sea éste reciente o añejo y además tienen serias dificultades para aceptar los cambios que estos sucesos tienen en su vida personal, de pareja y familiar.
Hay por ejemplo sucesos que se pueden recordar, y alguien puede solazarse en un recuerdo significativo, sin embargo es solo recuerdo y éste puede ser maravilloso y paliar en algún momento la sensación de soledad; más aferrarse al pasado, es una de las trampas más dolorosas en las que puede caer un ser humano.
Lo mismo sucede cuando hay apegos tan fuertes a cosas, títulos, ascensos, posesiones, personas, el ego se infla tanto que no deja ningún espacio para la humildad. Humildad que le sobra al personaje de la historia de hoy. Una vida sencilla y simple, trabaja para otros, no espera nada, no controla nada, no ejerce resistencia a nada. -¿Hace usted alguna reflexión hoy con esta lectura? -¿Cree que es difícil aprender a desapegarse un poco?
*Psicóloga
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