Fanny Bernal Orozco


Un loro vivía enjaulado desde hacía muchos años y su propietario era un anciano que se hacía acompañar por el animalillo. Cierto día el octogenario invitó a su casa a un amigo para tomar una sabrosa taza de té.
El anfitrión y su invitado pasaron al salón, dónde cerca de la ventana, estaba la jaula del loro. Tomaban el té los dos hombres, cuando el loro comenzó a gritar insistentemente:
-¡Libertad, libertad, libertad!
No cesaba el animal de reclamar libertad. Durante todo el tiempo de la visita, el loro seguía repitiendo, sin tregua, ‘libertad’.
Pasaron los días y el invitado no lograba quitarse de la cabeza al loro enjaulado y reclamando su libertad.
Ideó un plan: cuando el anciano saliera de compras, penetraría furtivamente a su casa y liberaría al animalito. Al día siguiente, el invitado se apostó cerca de la casa del viejo y, en cuanto lo vio salir, subió hasta su casa. Cuando el loro se percató de su presencia, comenzó a gritar:
-¡Libertad, libertad!
Llegó hasta la jaula del loro y abrió la puerta. Entonces el animal, aterrado, se retiró hasta el fondo de la jaula y se aferró con las garras a los barrotes, mientras seguía gritando:
-¡Libertad, libertad!
Tomado del libro: ‘Los mejores cuentos orientales de Oriente’, de Ramiro Calle.
A veces la percepción que se tiene de algún suceso es engañosa, se puede observar y hasta analizar; sin embargo, esto no significa siempre que lo que se cree que se ve, es lo verdadero, ello quiere decir que la realidad algunas veces está nublada y si a esto se suma la facilidad para suponer y juzgar, la verdad estará cada vez más lejana.
Cuando se es ‘’loro’, no hay autonomía, las decisiones las toman los otros y el poder personal que va ligado a la autoestima está ausente, se carece de ideas propias y no hay búsquedas personales que enriquezcan el ser interno, ni fortalezcan el uso de la voluntad.
Mientras que el ‘salvador’ ve víctimas en todas partes, considera según su lectura del mundo, que puede ayudar a otros y termina entrometiéndose en la vida íntima de aquellos a quienes quiere apoyar.
Por su parte el ‘loro’ no tiene capacidad de discernir, ni de analizar las condiciones de su vivir cotidiano, por ello, aunque le abran la puerta, se aferra a los barrotes, sabe desde que le sería muy difícil sobrevivir en libertad, ya que nunca ha hecho uso de sus habilidades y recursos.
El “salvador” es impulsivo y piensa que a su alrededor muchos necesitan de su auxilio, no le cabe en su cabeza pensar que existen muchas personas que se sienten cómodas en sus prisiones y jamás han pensado en salir de ellas y desplegar sus alas.
Entre tanto, es fundamental comprender y aceptar que otras personas viven diferente; tomar decisiones sin su consentimiento o contra su voluntad, es asumir una actitud que atenta contra los más mínimos derechos a pesar de que algunos individuos estén cómodos así; arrogarse esa condición, es un irrespeto a la libertad de cada ser humano.
Teniendo en cuenta lo anterior, Viktor Frankl, psiquiatra austriaco que estuvo seis años en un campo de concentración dice respecto a la libertad:
“Todo puede ser arrebatado a un hombre, menos la última de las libertades humanas; él elige su actitud en una serie dada de circunstancias, opta su propio camino”. Y son precisamente esas elecciones las que se deben respetar así choquen con las creencias y emociones personales; alrededor de cada persona existen muchos individuos prisioneros, prisioneros en el afecto, en el consumo, en la moda, en las ideas de belleza, en las cirugías, en los aparatos electrónicos, en la indignidad emocional, en fin tantas cárceles como seres humanos, con una gran diferencia y es que aparentemente no somos ‘loros’.
Finalmente, casi siempre cuando se presume, se presume mal y como consecuencia se generan malestares y malentendidos que agobian la existencia. ¡Qué bueno aprender a no juzgar, a no suponer, a no interpretar y menos aún, cuando se trata de la vida de los demás!.
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
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