Fanny Bernal Orozco


Cuentan que en la ciudad de Basrún, en Cachemira, vivía un mercader que respondía al nombre de Hubal. Era casado con una mujer muy astuta que se valía de sinnúmero de recursos para sustraerle el dinero y gastarlo en sus propios caprichos. Cerca de su casa vivía un pintor de reconocido talento que se confabulaba con ella y le ayudaba a robarse el dinero de su marido.
Cierto día que la visitaba, la mujer le dijo: -Has de ingeniarte algún recurso que me permita saber tu llegada cuando vengas a buscarme de noche, sin que tengas que llamar ni gesticular, ni hacer nada susceptible de suscitar sospechas.
-Se me ocurre en verdad –contestó el pintor- un excelente recurso que te va a gustar muchísimo. Tengo una túnica pintada con dibujos fantásticos en una de sus caras, de una blancura que semeja la claridad de la luna; la segunda cara es tan negra como las pupilas de unos ojos negros. Me la pondré todas las veces que venga a verte. Su blancura te revelará mi llegada en las noches oscuras, y la cara negra, en las noches de luna. Cuando la veas, sabrás que soy yo y me traerás el dinero.
Mientras hablaban, entró, uno de los esclavos del mercader y enterado del plan de la mujer y el pintor, se hizo el propósito de ganar de mano al pintor y coger parte del dinero que la mujer sustraía. Así, el esclavo fue más tarde a casa del pintor y siendo amigo de su esclava, pidió que le prestara la túnica para enseñársela a un amigo suyo, y que en poco tiempo la devolvería.
Así fue que se la puso y se fue a buscar a la señora del mercader, conforme el pintor lo iba a hacer. Cuando ella lo vio no dudó de que fuera el pintor, y sin vacilar, le hizo entrega del dinero. El esclavo devolvió la túnica, y cuando regresó el pintor se puso la túnica y fue dónde la señora del mercader según lo acordado.
Al verlo, ella le dijo: -¿Por qué te has apresurado a regresar si acabo de entregarte el dinero no hace un momento?
Honda pena causaron esas palabras en el pintor y pronto regresó a su casa, llamó a su esclavo, quien bajo la amenaza de ser azotado, le contó la historia. Los hechos ocurridos causaron pena al pintor, y avergonzado y arrepentido quemó la túnica.
Tomado del libro: ‘Calila y Dimma’, versión de Antonio Chalita Sfair.
En esta historia hay varias expresiones, que se parecen a lo que cotidianamente se lee en los periódicos del país y se ve y se escucha en los noticieros de televisión y radio: gastar, confabular, ingeniar, sustraer, robar, amenazar, sobornar; actitudes y formas de vivir que trasgreden límites y valores.
No debe ser fácil vivir bajo el mismo techo, de alguien que está cometiendo atracos dentro de la propia casa, así se usen diferentes eufemismos, robar es robar y ahí, las frases que se usan para adornar estos sucesos, denotan el miedo para enfrentar la situación, lo cual requiere para comenzar, llamar a las cosas por su nombre.
He conocido mamás que cuando sus niños llegan a las casas con algún objeto que no les pertenece, los felicitan por lo ‘avispados e ingeniosos’, es más, se ufanan de lo inteligentes que son los hijos. Con estas conductas y respuestas, se refuerzan estos hábitos ya que se les da todo el reconocimiento. Ante estas afirmaciones, es difícil que haya actos de contrición que inviten a reflexionar o a asumir gestos de arrepentimiento.
Existen muchas maneras de burlarse de los demás, y en el mundo tantas personas gastan parte de su tiempo en confabulaciones de diferente tipo con el propósito único de hacer daño, y hacer infeliz la vida de otros.
Por otra parte, como el mercader de esta historia, existen seres humanos que ignoran cómo las personas que le son cercanas, se aprovechan de forma astuta, irrespetuosa y sin ninguna consideración de la relación amorosa, de amistad o familiar que tienen. Es más, nunca han dudado, jamás han sentido ninguna sospecha ni ninguna prevención.
En nuestro medio, la confabulación es un hábito expandido y disfrutado, alimenta mucho público; faltan personas con valentía para poner límites y frenar acciones de esta naturaleza.
Hace mucha falta tener un adecuado principio de realidad y discernimiento claro, para no incurrir en acciones como éstas en las que lo que más pesa en las relaciones es el artificio y la indiferencia.
Pintor, señora del mercader, esclavos, cada uno de ellos, en su vida, viviendo en la oscuridad; sin embargo, cruzar el puente y cambiar una actitud, un hábito, solo es cuestión de darse cuenta, ritual de transformación que bien puede iniciarse, como lo ilustra esta historia a través del fuego.
*Psicóloga
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