Jaime Alzate


Como quisiera poder escribir esta columna con la tranquilidad que nos podría dar el tener gobernantes aptos para desempeñar sus funciones, de honradez a toda prueba, y sobre todo que por lo menos una vez se hubieran leído la Constitución de Colombia para no quedar ante el mundo como unos cafres que creemos que aquí no hay leyes que nos rijan, y que por el solo hecho de haber sido nombrados en cualquier puesto público podemos darnos el lujo hasta de llamar al pueblo al desorden, violando los códigos que reglamentan el comportamiento de los ciudadanos.
Desafortunadamente los lamentables hechos que estamos viviendo, instigados por un individuo cuya hoja de vida tiene como dato destacable el haber sido uno de los tantos guerrilleros que durante incontables años han convertido en un verdadero suplicio la vida en un país que se merece una más vida tranquila, se nos sigue complicando.
Claro que cada uno tiene la suerte que se merece, porque comenzando con la actitud egoísta y miope que demostraron los candidatos a alcalde de las pasadas elecciones, a pesar de que mucho se les hizo ver el peligro que estaba corriendo la ciudad con las ambiciosas divisiones en que se encontraban enfrascados, cerraron los ojos y dejaron las puertas abiertas al inefable alcalde actual para que, usando su práctica demagógica y populista, y aprovechando una decadente seudodemocracia que nos tiene rodeados por todas partes, entrara como Petro por su casa, y con una pequeña diferencia de votos fuera elegido para gobernar desde el segundo puesto del país. Desde hace varios meses se viene presentando en Bogotá un ambiente de rechazo a la pésima administración de este individuo, pero su capacidad de maquinación, ahora más que nunca, nos tiene asombrados a todos los que no sabemos de las maturrangas que emplea, y menos de la forma vergonzosa como se manejan y se dejan manosear algunos de los altos estamentos de poder judicial, que cada vez demuestra que necesita de inmediato una reforma total para que Colombia no caiga en los límites de una profunda anarquía.
La simple prueba de este hecho es la forma tramposa como ha dirigido su defensa el señor Petro. Ha preparado a sus áulicos para que violando la Constitución y las leyes traten por todos los medios de armar desórdenes, que pueden explotar en revueltas con saldos de muertos y heridos, buscando crear el caos, que no demora en arrancar desde la Plaza de Bolívar, sitio que emblemáticamente ha escogido para protestar contra los mandatos de la ley.
Pero su maligna táctica no ha terminado allí. Con la sagacidad de que es capaz, ha penetrado tanto a las Altas Cortes como a abogadillos de todos los pelambres, quienes desde hace varios días tenían listas miles de tutelas exactamente iguales para presentarlas en todos los juzgados y así paralizar el sistema judicial ante la imposibilidad de dar trámite a esta mareda de demandas. Ya se está llamando a esta tramoya la "tutelitis pétrica", y verán cómo pasarán varios meses antes de que salgamos de este berenjenal.
Repito lo que mucho han dicho juristas honestos: La tutela fue instituida para defender los derechos fundamentales de los ciudadanos, no para presentar demandas ridículas para trabar la ejecución de las leyes. Esta falta de claridad en la redacción de la Constitución del 91 obliga a que a la mayor celeridad se le hagan las reformas necesarias para evitar los problemas que estamos sufriendo.
Y como todo es susceptible de empeorarse, con mucho temor vemos que en las primeras encuestas sobre si se está de acuerdo o no con la destitución de Petro los resultados son estremecedores, porque las cifras reflejan un no rotundo a la anulación de su mandato. Serán los bogotanos tan pendejos que dejen pasar esta última oportunidad de tener un buen alcalde, o, lo que sería aterrador, lo ratifican como dictadorzuelo en la Alcaldía.
Y ni hablar de lo que costarían las demandas contra la nación en el momento en que en las urnas se falle en favor de su continuidad, ¡no hay plata con que pagar!
P.D. Como es de raro: la gente se la pasa sentada queriendo descubrir dónde está parada.
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