Luis F. Molina


Luis F. Molina
En Twitter: @luisfmolina
Como colombianos, tocar cualquier tema relacionado con Nicaragua genera en nosotros una reacción subjetiva, motivada por la emoción y la inconformidad, la soberbia y la impotencia, el derecho y la retórica. No vemos con buenos ojos lo que hace el presidente José Daniel Ortega Saavedra en el oficio de primer mandatario de los nicaragüenses. Y por duro que sea aceptarlo, ese señor, a quien vemos tan informal siempre en las parroquiales presentaciones televisivas de ese país, dio la bofetada más grande en geopolítica a Colombia en casi un siglo.
Seguramente, sus reclamos no pararán. Sin embargo, existe un contexto que puede explicar muy bien por qué Ortega no cesará en sus demandas y peticiones.
Justamente, cuando hacía la investigación para escribir este texto, encontré que Daniel Ortega recibió clases en la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos, antes conocida como Universidad Patrice Lumumba, el mismo que ocupó el puesto de Primer Ministro de la República Democrática del Congo en 1960 y que tuvo que heredar las desgracias provistas por Bélgica en su territorio. La URAP, para la época, era un centro educativo importantísimo para los soviéticos y quienes comulgaran con su ideología.
De jugar billar en Managua, tuvo fugaces pasos por la academia hasta que optó por entrar al Frente Sandinista que terminó con la fiera dinastía de la familia Somoza, cuya historia es reconocida por sus debatibles políticas.
El mismo Frente Sandinista no fue una aplicación limpia de la lucha revolucionaria. Aunque nadie lo sostiene, miembros de ese colectivo comentan que detrás de varios ataques a la fuerza pública de la época estuvo la figura del ‘camarada’ Daniel Ortega. Dentro del Frente Sandinista germinaron varios problemas producto de la necesidad de protagonismo de Ortega, quien en muchos casos, fue comparado con el mismo Anastasio Somoza… Y las conclusiones actuales podrían darles la razón.
Pero Daniel Ortega no es más que un político y un presidente de oficio, eso sí, encaprichado con el poder a toda costa. A Ortega le encanta el protagonismo y por eso lo esconde detrás de cualquier propuesta nacionalista, adherida a algún tono populista. Hace cinco o diez años, Ortega hacía todo lo que le venía en gana —más que ahora—. Tenía la guardia de Hugo Chávez y de Mahmud Ahmadineyad, presidentes de la República Bolivariana de Venezuela y de la República Islámica de Irán, respectivamente. Pero ya no están en sus puestos y la aguja está variando su curso. Al menos, dentro de las prioridades de Irán, Nicaragua no ocupa el mismo lugar que antes sostuvo, si es que realmente fue una prioridad.
Hace dos años, Ortega y su combo más fiel, ganaron las elecciones presidenciales, nuevamente… (Lo habían hecho en 1990 y 2007)
Y aquí viene la historia más familiar del caso: La Carta Magna de Nicaragua establecía que no habría reelección presidencial, hasta que llegó Daniel Ortega y la Corte Suprema de ese país avaló el cambio para que Ortega Saavedra pudiera aspirar a un periodo más en el cargo. Lo consiguió con ventaja y muchas preguntas de las organizaciones de observación electoral. El periodo presidencial en Nicaragua es de cinco años.
La retórica de Ortega es la ya conocida y mediocre nueva izquierda latinoamericana, llena de conspiraciones y vociferaciones. Todos quieren hacerle daño a él y a su nación: es la idea que pretende vender. Aunque en su lucha política ha logrado estabilizar la economía de ese país, su lucha se ha quedado a medias cuando de garantizar una amplia participación política se trata.
Nicaragua no se la lleva bien con sus vecinos. Hace un par de años logró sostener una estrecha relación con Honduras, pero fue un periodo fugaz dada la inestabilidad presidencial en Tegucigalpa.
Después de la muerte de Chávez, Ortega redujo drásticamente sus críticas a los vecinos. Ahora se comporta como un seguidor y amante del Derecho y pretende hacerse pasar por un presidente diplomático. No va a permitir ningún error, ahora que, internacionalmente, tiene la sartén por el mango ante los ahogados reclamos de Colombia y Costa Rica. El señor de las chaquetas vinotinto le ganó el pulso a las costosas corbatas italianas que se visten en Bogotá, más, cuando Ortega tiene ahora unas amplias arcas.
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