Efrain Castaño


Ante la realidad de una pobreza que avanza y no retrocede porque la injusticia es mucha, la repartición de bienes es desigual, las oportunidades son mínimas para el que menos tiene, fácilmente surge en la mente humana la tentación de la violencia, el odio, el idioma del arma y la matanza.
Ahora que se inician de nuevo diálogos en búsqueda de paz, es preciso recordar algunos hechos que demuestran en forma contundente que se puede hacer mucho por los empobrecidos de la tierra acudiendo al amor, a la acción conjunta honrada y ordenada.
El 5 de septiembre de 1997 murió una mujer que abrió un horizonte de amor y entrega, que no se portó indiferente ante el hambre de millones de hermanos, que llegó a ser reconocida como la mujer de más impacto en el siglo XX y a quien se le otorgó el premio Nobel de la Paz: todos recordamos a Sor Teresa de Calcuta.
Sin un grito de insulto a nadie, sin el uso de armas de terror, sin atacar la palabra u obra de nadie, esta mujer trajo una luz de esperanza para miles de seres azotados por la desgracia de la soledad, la enfermedad, el hambre, la pobreza, el desprecio de gobiernos y entidades.
Impulsó la revolución de la justicia amorosa hacia la construcción de la civilización del amor; movilizó desde el Papa hasta el más sencillo hombre para el compromiso de ayuda a todo necesitado; hizo visible y posible la parábola del buen samaritano que Cristo narró un día para ilustrar la manera de amar a todo hermano en desgracia.
El mundo entero reconoció en ella una hoguera amorosa, una trabajadora por el bienestar de todo ser humano, una creyente que desde el Evangelio de Jesús de Nazaret hizo continuación de gestos concretos de alivio.
Esta grata memoria de Teresa de Calcuta deseo unirla a la memoria de otra mujer muy nuestra, una bondad encarnada en nuestro medio y que también organizó nuestra sociedad para estar presente con el que no tiene casa, educación, salud, oportunidades de progreso.
El 29 de agosto del año 2001, nuestra ciudad se conmocionó ante el anuncio de la muerte de la Hermana del Sagrado Corazón, religiosa dominica de La Presentación y fundadora con un grupo de hermanas de su comunidad y laicos de recio compromiso de "Obras sociales Betania", agua para saciar la sed y el hambre de miles de hermanos nuestros.
La entrega de numerosas casas sencillas y bellas, una escuela para la educación gratuita y un centro de salud hicieron de Betania un brazo acariciante de Dios en nuestra ciudad.
Se puede hacer revolución con amor más efectiva que disparos y discursos; desde la fe real se construye nuevo mundo, vida más justa y feliz.
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