Jaime Alzate


Es verdaderamente asombrosa y a la vez asustadora la época política que estamos viviendo, en medio de unos enfrentamientos que, ni aún a los que estamos más allá de la tercera edad, nos había tocado vivir. Durante el gobierno de Uribe, que se caracterizó por la mano dura y victoriosa que esgrimió ante las hordas de asesinos de las Farc, del Eln, de las Bacrim, de los delincuentes comunes y de todas las desgracias que durante cinco décadas no nos han dejado vivir un momento en paz, volvió a renacer nuestra esperanza de ser un país como la mayoría de nuestros vecinos civilizados. Lamentablemente hoy estamos otra vez con la moral a ras del suelo, y lo que es peor, viendo un panorama de enredos, de peleas políticas sucias, de traiciones, de retaliaciones y de venganzas como pocas veces habíamos vivido.
Todo esto adobado con un miedo permanente de que a la hora menos pensada los sinvergüenzas guerrilleros, quienes nos tienen sometidos al salario del miedo, cumplan con las amenazas de levantarse, no en armas, porque eso no lo han dejado ni un minuto, sino de una farsa que ejecutan a las mil maravillas, en una mesa de negociaciones rodeada de enemigos de nuestra patria, y recibiendo instrucciones de los países que, como Cuba y Venezuela, son reconocidos mundialmente por la permanente violación de los derechos humanos, y de todas las libertades civiles.
Aquí, en Colombia, todos los ciudadanos de bien, excluyendo a los grupos de facinerosos, queremos algún día respirar paz; no queremos seguir siendo violentados por asesinos dasalmados, a quienes la vida de un ser humano, sea niño, adolescente o anciano, les importa un bledo.
Nadie se ha opuesto a que el gobierno esté tratando de llegar a alcanzar ese dichoso día en que no tengamos que sufrir hasta lo indecible cuando un pequeño sale de la casa sin saber si va a regresar; ese día, cuando el permanente temor no sea por los asesinos que van a un partido de fútbol, el deporte más alejado de la violencia, a atacar con armas rastreras a un muchacho por ser hincha de un equipo; ese día cuando no haya un conductor irresponsable y borracho que atropelle a un inocente peatón y le arrebate la vida.
Ojalá unas autoridades, de cualquier gobierno a que ellas pertenezcan, lleguen a ese día. No es de esto que nos quejamos los colombianos. Lo que pasa es que diariamente sentimos la más terrible frustración por el fracaso permanente que vemos ante nuestro ojos. Tenemos como ejemplo que nos causa rechazo, las actitudes de los políticos, que con la excepción de algunos pocos, parece que cometieran a propósito toda suerte de bellaquerías, muchas de ellas ayudados por el gobierno de turno, como acabamos de ver con el aumento de mesadas de hasta por 8 millones de pesos, a cada parlamentario, además exentos de impuestos, cuando acabamos de salir de todo un mes de protestas en medio de muertos y heridos, después de que el presidente Santos prometió el oro y el moro a los campesinos, con promesas que se hubieran cumplido de inmediato si los exigentes hubieran sido los miembros del Congreso, pero como eran los campesinos, hasta ahora no se han visto por ningún lado.
Entonces, al estar al borde de varios fracasos, porque yo soy uno de los pesimistas, y haciendo un análisis rápido sobre lo que está sucediendo, se tiene que reconocer que la situación para los negociadores de gobierno en La Habana ha tenido que ser difícil, agotadora y sobre todo frustrante. Siempre estuve en desacuerdo con el misterio y la actitud del presidente, de darle la espalda al país actuando en una forma poco clara, y dejando en manos de su hermano, personaje reconocido por su izquierdismo oligárquico, algo tan vital para Colombia.
Después trataremos el tema de los partidos políticos que día a día se practican la eutanasia, y de una manera totalmente antipatriota juegan con la suerte de un país, que está comenzando a abrir los ojos ante los horrores que le toca presenciar, y que de pronto decide protestar, como ya lo demostró, y va a ser muy difícil controlar un estallido de tal naturaleza.
P.D.: El hombre es un ser masculino que durante sus primeros nueve meses de vida quiere salir de un lugar al que intenta entrar el resto de su vida.
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