Efrain Castaño


El inmenso avión ya había tomado altura y estaba rumbo a Roma desde Brasil; cantidad de periodistas iban felices porque habían hecho el cubrimiento del sorprendente encuentro juvenil mundial.
Recibieron con alegría la presencia del papa Francisco quien un poco cansado, pero animoso se puso en pie para saludarlos y empezó un recorrido por el espacio entre hileras de sillas.
Nadie con cara agria, todos sonrientes y amables empezando por el papa; pronto se inició un diálogo que los periodistas habían esperado si bien en el vuelo de llegada a Brasil lograron tener. Preguntaron sobre sus impresiones del encuentro mundial juvenil terminado hacía solo algunas horas y el diálogo se hizo ameno, cercano, sereno.
Algunos comunicadores le hicieron al papa preguntas quemantes en el panorama mundial: qué opinaba él sobre el homosexualismo, la droga, las fallas en la vivencia de la Fe; en forma tranquila pero contundente el papa respondió dando opiniones desde la óptica del Evangelio de Jesús de Nazaret.
Ante la insistencia periodística y el afán adivinado de una fuerte respuesta condenatoria, el papa desgranó cinco palabras que son bálsamo, reto y apertura de camino; cinco maravillosas palabras que salen de un corazón paterno que hace eco a la ternura del Padre manifestada en Cristo.
Todos grabaron bien estas buenísimas cinco palabras: "¿quién soy yo para condenar?"; todos se miraron sorprendidos y comprendieron que eran cinco palabras arrancadas al Evangelio.
En efecto no quiso decir con ello que es aprobación de todo, ignorancia a la corrección o falta de obrar al estilo misericordioso del Señor sino que sacó a relucir lo que ya Jesús dijo y quedó consignado en el Evangelio: "no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados. No hagan a otro lo que no quieran para sí".
Es una invitación a sacar el odio, la venganza, la descalificación definitiva de alguien de nuestro vocabulario y sentimiento; es estar abiertos al perdón, la dispensa, la comprensión frente al equívoco del otro o a la manera distinta de ser, pensar o actuar.
Es buscar más lo que nos une que lo que nos divide; es aprender a mirar a los demás sin ojo condenatorio muchas veces sin conocer los motivos que llevan a una persona a pensar y obrar de manera diferente a lo acostumbrado.
Es rechazar el pecado pero no al pecador, es saber que matar, robar, violar, mentir son fallas graves en la convivencia humana, pero es a la vez ser benévolos en el juicio, abiertos a la comprensión, amigos de la unidad, la corrección y la paz.
Cinco maravillosas palabras para hacer más bella la vida.
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