Efraim Osorio


Chorrea el agua, chorrea la sangre y chorrean las babas, porque ‘chorrear’ significa "salir o caer un líquido a chorro de algún sitio". Pero también, como colombianismo (pronunciado más folclóricamente ‘chorriar’), quiere decir "apoderarse subrepticiamente de la propiedad ajena". Pero no es ‘chorear’, aunque, dice El Diccionario, signifique lo mismo para argentinos, peruanos y chilenos, para quienes también tiene la acepción de "refunfuñar, enfadarse, hacer una cosa a regañadientes" (Enciclopedia Uteha). En una visita que, como lo cuenta él mismo, le hizo el cronista al exsenador Ómar Yepes Alzate, éste, quizás sospechando las torcidas intenciones del visitante, le dijo: "Don Montoya, te jodiste porque escondí el libro que te querías chorear" (LA PATRIA, César Montoya O., 4/10/2012). Suena más colombiano, y más caldense, de este modo: "…el libro que te querías chorriar". Es conveniente anotar aquí que a esta acción indelicada también le dicen ‘choriceo’, del verbo ‘choricear’, y a quien la practica, ‘chorizo’ o ‘choricero’. Y en femenino, ‘choriza’ o ‘choricera’, ¡claro!, si es mujer, para que no digan después que las estamos discriminando.
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La concordancia gramatical es el esqueleto que sostiene el cuerpo de la oración: Sin él, ésta pierde su solidez, se desmorona, y adquiere la apariencia de un edificio en ruinas, como se puede apreciar en la siguiente del columnista de LA PATRIA, José E. Mosquera: "Plantea que el sueño de las independencias, cuando no fue aplastadas por la fuerza, fue ahogada por los endeudamientos, las caídas de los precios de las materias primas…" (5/10/2012). En la oración incidental, cuyos verbos deben concordar con el sujeto de la subordinada (‘sueño’, su antecedente), lo hacen, aunque de manera incorrecta también, con el sustantivo de su complemento, ‘independencias’. Como ‘sueño’ es un sustantivo masculino singular, los participios de los verbos compuestos de la subordinada deben concordar en género y número (los participios) y en número (el verbo), así: "Cuando no fue aplastado por la fuerza, fue ahogado por los endeudamientos…". Ahora bien, si desea establecer la concordancia con el sustantivo del complemento, ‘independencias’, debe especificarlo con el pronombre demostrativo ‘éstas’, de este modo: "…cuando éstas no fueron aplastadas por la fuerza, fueron ahogadas por…". De esta manera, la construcción queda bien hecha, inteligible, y digna de ser presentada en sociedad.
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Inclusive a don Antonio de Nebrija le sonaba mal el yuxtaposición de las dos ‘aes’ del artículo femenino y del sustantivo que éste determina. Textualmente enseña: "Mas avemos aquí de mirar que cuando algún nombre femenino comiença en ‘a’, por que no se encuentre una ‘a’ con otra, y se haga fealdad en la pronunciación , en lugar de ‘la’ ponemos ‘el’, como ‘el agua’, ‘el águila’, ‘el açada’ (…); pero en el plural siempre les damos el artículo de las hembras, como ‘las aguas’, ‘las enemigas’" (Gramática de la Lengua Castellana (1492), capítulo XI). De acuerdo con esto, don Antonio habría corregido la siguiente oración de Mario Amariles Ruiz: "…incluyendo a algunos funcionarios públicos agazapados bajo la ala protectora de sus jefes políticos" (LA PATRIA, 8/10/2012). "El ala, señor, el ala", le habría sugerido el ilustre gramático. La norma actual es la siguiente: Cuando se encuentran el artículo femenino y un sustantivo del mismo género que empiece por ‘a’ en sílaba acentuada, debe emplearse el artículo masculino, por ejemplo, ‘el ánfora’, ‘el ágora’. No así en los demás casos, como en ‘la azada’, ‘la armonía’, ‘la adelfa’. Nota: El señor Nebrija escribía ‘aver’ por ‘haber’. ¿Por qué, si proviene del latino ‘habere’ (tener, poseer)? Según Agustín Blánquez Frayle, autor de un diccionario latino-español, el verbo latino ‘avere’ (sentir deseo vivo, anhelar) se confundía en los manuscritos con los verbos ‘abere’ (irse, alejarse) y ‘habere’. ¿O influencia del francés ‘avoir’ (haber, tener)? Jorge Manrique, contemporáneo de Nebrija, lo escribía de la misma manera: "No sé por qué me fatigo, / pues con razón me vencí, / no siendo nadie conmigo / y vos y yo contra mí. // Vos por m’aver desamado, / yo por averos querido, / con vuestra fuerça y mi grado / avemos a mí vencido; // pues yo fuy mi enemigo / en darme como me di, / ¿quién osará ser amigo / del enemigo de sí?" (Canción).
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Al doctor Rafael Antonio Zuluaga Villegas lo perturbó la siguiente oración de un editorial de LA PATRIA: "Es necesario que, sin perder su espíritu, se les ponga límites que eviten el caos al que se ha llegado y que cada vez frena más la impartición de justicia" (Exceso de las demandas, 9/10/2012). Y con razón, porque este sustantivo, ‘impartición’, sólo recibió la aprobación de la Academia de la Lengua en la vigésima segunda edición de su diccionario (2001). Me parece, sin embargo, que la venerable institución se demoró para darle su bendición, puesto que ya había acogido en sus páginas los vocablos ‘repartición’ ("acción y efecto de repartir") y ‘partición’ ("división o repartimiento que se hace entre algunas personas, de hacienda, herencia o cosa semejante"). De ‘impartición’ dice: "Acción y efecto de impartir". Y es muy conocida, aunque utópica, la expresión "impartir justicia". De manera, pues, don Rafael Antonio, que, esta vez, el editorialista de nuestro diario no se equivocó.
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Misterio: De nuestra VEINTITRÉS desaparecieron el espacio público y sus curadores.
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