Fanny Bernal Orozco


Un excombatiente del Vietnam, se hizo querido y apreciado entre sus vecinos, después de volver de la guerra, conseguir de nuevo un trabajo, reencontrarse con su familia, se ganó la consideración de la comunidad, por su solidaridad y sobre todo por prestar pronta ayuda a los demás, en cualquier momento.
No parecía encajar tanta delicadeza con la imagen de un soldado de vuelta de la guerra, y de tal guerra. Pero él tenía su explicación que sus amigos íntimos sabían.
Su misión en la guerra había sido limpiar campos de minas. Todo aquel terreno de bosques y maleza, de escaramuzas y emboscadas, estaba sembrado de minas traidoras que al menor contacto con una rama, un alambre, una piedra en el camino, podían explotar y llevarse la vida de un hombre.
Y el mayor peligro era para quienes se adelantaban a detectar, adivinar, desactivar la muerte disfrazada en el terreno.
Y eso le hizo sentir el valor de la vida. Cada paso valía una eternidad.
La vida entera había de ser vivida entre levantar un pie y volver a posarlo en el terreno incierto.
Cada instante estaba lleno de vida, porque el siguiente podía estar lleno de muerte.
¡La vida es un campo de minas! Por Carlos G, Galles. Vida Nueva. 2008.
Al leer esta historia, podemos imaginar varias cosas, por ejemplo: Terrenos plantados de minas, listas para matar y dejar en desgracia a toda una familia. Tragedias y dolores generados como consecuencia de la insensatez y la falta de cordura.
Mientras tanto, otros se juegan su vida, con el objetivo de cuidar la vida de otras personas, arriesgan familia, y relaciones, para salvar a muchos, que aunque ni siquiera conozcan merecen vivir.
También quizás pensemos que las palabras sembrar y plantar, nos llevan a montañas y senderos llenos de cosechas de distintas especies, listas para alimentar, cuidar y sanar.
O tal vez reflexionemos acerca del papel que juegan las manos en toda esta historia: Mientras unas manos se dedican a sembrar destrucción y miseria, otras quedan con necesidad de cobijo y cuidado.
La metáfora de la mina, al volverla más cotidiana, invita a pensar en tantos sucesos en los cuales hace falta la sensatez y el tacto. Es indudable que para tejer relaciones de cualquier índole, estos dos recursos son de vital importancia y poco se sabe de ellos.
Y que tal pensar o hasta darse cuenta, de que hay aprendizajes que se repiten y repiten sin ninguna reflexión, hábitos inadecuados y poco sanos consigo mismo y con los otros, que inclusive son generadores de amargura y de dolor, los cuales se hacen evidentes a través de palabras, gestos y actuaciones mezquinas.
El ser humano tiene capacidad para dañar y también para aliviar y estas posibilidades son evidentes en las relaciones inter e intra personales; hace falta tacto y sensatez, para dar por terminada alguna relación, no se tiene en cuenta la historia construida, nada de ello tiene valor, no se piensa en el dolor, ni se advierten consecuencias, ni se toma tiempo en replantear las palabras y las formas de expresar decisiones y emociones.
Pasa en la vida laboral, en las familias, en las relaciones de pareja, en los espacios académicos, en fin, a veces hay más delicadeza para cuidar algunas cosas materiales, éstas se miman, se guardan, se contemplan, se aseguran, a ellas se les invierte tiempo, dinero, energías; sin embargo, esa misma actitud no se asume con los seres humanos.
Ser sensatos y tener tacto en las relaciones, es sentir empatía, es ser cuidadosos y hasta previsivos, es “adelantarse, detectar, adivinar” lo que quiere decir, que es como ponerse en el lugar de los demás, de manera respetuosa y con generosidad de corazón.
No vaya a ser que por indiferencia o alguna dosis de maldad, se tenga alguna responsabilidad en que otros pierdan el sentido de su vida, que de alguna manera es como vivir una lenta muerte.
Tantas personas están ocupadas en sembrar odio, violencia, terror, miedo, inequidad, abandono, soledad, dolor, que jamás se han detenido a pensar que “cada paso vale una eternidad”.
-¿Ha pensado usted qué siembra?
-¿Ha sembrado en el camino de los suyos?
-¿Ha aprendido a disfrutar de lo que vive? ¿De lo que tiene?
*Psicóloga. Profesora Titular Universidad de Manizales
fannybernalorozco@hotmail.com
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