Efrain Castaño


Al subir al avión me sentí en una bella nave de asientos confortables, servicios amables y continuos, cortesía y buenos modales en todos, un tejido de bondades y buen servicio; todo apuntaba a un buen viaje.
Colocarse los cinturones de las sillas traía el interrogante de qué puede suceder durante el vuelo, el despegue o el tomar pista al finalizar el rumbo; pero es el riesgo que se corre al dar un paso cualquiera en uno de los numerosos días en que existimos en esta tierra.
La decisión está dada, vamos a volar como cantaban alegres los chiquillos del grupo Menudo en su época de éxitos; en efecto después de unos minutos de rodaje por la pista el avión tomó el impulso necesario para empezar el vuelo programado en el cual yo era uno de los pasajeros.
Ya en la altura y la tensión inicial terminada era hermoso ver desde la ventanilla el horizonte infinito hacia arriba, abajo y los lados; la emoción aumentaba y se hacía deleitable con los servicios corteses de las azafatas elegantes.
De repente por el alta voz se escucha la voz del piloto que anuncia el acercamiento a sitios de turbulencia: pide estar serenos y amarrarse de nuevo los cinturones de seguridad; todo ello trae en el rostro de todos semblanzas de preocupación y de nueva tensión.
Así se dio; minutos de susto al sentir que la inmensa nave se mecía como hoja al viento y la luz roja de la cabina titilaba señalando que estábamos en momentos de alerta; unos pasajeros cerraban sus ojos en actitud de oración, otros por el contrario los abrían con parpadeos de miedo, otros se sostenían en tensa calma.
Al pasar los minutos de sacudón y volver la calma, se escuchó de nuevo la voz del piloto invitando a proseguir con placer el viaje y disfrutar las horas faltantes al llegar al final del vuelo.
Todos comentamos con énfasis y seguridad: tenemos buen piloto, hay buena dirección al frente. El viaje llegó a su término de manera feliz y según lo planeado.
Al salir de la nave nos despedimos agradecidos de las azafatas que en la puerta nos llamaban a seguir felices; aunque algunos quisimos agradecer al piloto, protagonista central del viaje no pudimos hacerlo, ya iba rumbo a la oficina a presentar anuncio de la tarea hecha.
Allí, en es momento, aprendí algo nuevo para mi vida y tal vez para la tuya; en un mundo en el cual vivimos tras de gratitudes, aplausos, abrazos, placas, condecoraciones, fama, aquel piloto me estaba dando una profunda lección de vida.
Como él, yo debo conducir lo mejor posible mi vida y mi trabajo aunque no tenga un abrazo, un gracias, un aplauso; mi éxito está en hacer muy bien lo que me corresponde; llegar luego donde los que me aman y contarles mi viaje y si soy creyente contárselo a Dios en el gozo.
Definitivamente... fue un buen viaje.
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