Efrain Castaño


Anita era alegre, judía, juguetona con sus amigas y muñecas; los ratos pasados con su familia eran agradables y parte de sus gozos; al cumplir los diez años la sombra de la adversidad llegó a su vida.
La guerra extendía sus tenazas de muerte y terror; la persecución nazi contra los judíos llevó a la familia Frank, la de Anita, a salir a huida para Holanda; la persecución se hizo más fiera y la familia tuvo que esconderse en julio de 1942 en un piso en Amsterdam, sin poder salir ni a la esquina, pendientes de pasos y voces y la fatídica sirena que los carros de guerra hacían sonar sembrando sombras de horror.
Allí estaba encerrada, hablando en voz baja por temor a ser descubiertos, dando pasos casi en el aire, comiendo y durmiendo mal, con la mala corazonada de sentir algún día el caminar de las botas que apresaban y castigaban con la muerte.
Ocho personas encerradas en un pequeño apartamento; allí estaba Ana entre lágrimas, miedos, afectos y sonrisas; con el temor de ser denunciada y traicionada lo que se hizo realidad y el 4 de agosto de 1944 ella y sus siete acompañantes, incluidos sus padres, fueron trasladados al terrible campo de concentración de Bergen-Belsen.
La dureza de esa prisión llevó a Ana a su muerte unos meses después: el 12 de marzo de 1945 murió en ese aterrador campo; de allí se abrió una gran sorpresa para el mundo; esa chiquilla casi de quince años dejó un regalo que muestra a una mujer valiente, reflexiva, recursiva y con líneas de alegría.
Entre sus pertenencias se encontró una libreta de apuntes que ella como buena adolescente tituló "mi diario"; así nació la riqueza del diario escrito de Ana Frank que debe ser leído para templar el alma, sacudir la pereza y el miedo, despejar horizontes, despertar a nuevos caminos.
Ana llamó a su diario Kitty: lo encarnó en una imaginaria amiga a quien dedica cada página y con quien dialoga como lo hacía de pequeñita con sus muñecas de trapo y colorines.
Allí narra sus primeras impresiones cuando se le puso el sello de "charlatana incorregible" o "la cotorra". Al momento de la huida da nota de su madurez cuando advierte: "no sé dónde vamos a escondernos... pero no empaqueté muchas cosas pues tengo en más estima mis recuerdos que mis vestidos".
Su inteligencia la hace realista: "vivimos nuestra condición de judíos recluidos, enclaustrados entre cuatro paredes, cargados de obligaciones y sin ningún derecho; el único refugio que nos queda es la fortaleza, el valor, la confianza en Dios".
Cerca ya a su muerte anota: "sé lo que quiero, tengo mi objetivo en mi vida, mi opinión, mi religión y mi amor. Soy consciente de ser mujer con una moral y mucho valor. Tengo plena conciencia de que el valor y la alegría son dos factores vitales".
Gracias Ana, adolescente ejemplar, muerta el 12 de marzo de 1945.
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