Guido Echeverri


Nadie previó la disolución de la Unión Soviética en 1989; la crisis económica- financiera de finales de la década pasada y la reducción de los precios del petróleo que estamos viviendo ahora, tampoco estaban en las previsiones de nadie.
Cuando apuntábamos a que en el 2014 todo estaba dicho y que más allá del ébola, la crisis de los precios del crudo y el terror encarnado por el Estado Islámico, todo evolucionaba hacia escenarios previsibles, apareció la noticia política del año, tal vez de la década, o del siglo que todavía es joven, de la normalización de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, y aún más, la posibilidad seria de revisar las condiciones del bloqueo económico, político y científico más largo que ha conocido la historia moderna, impuesto, entre otras cosas, por una potencia hegemónica a un pequeño país.
Quienes se apresuraron a identificar el personaje del año, muy probablemente tuvieron que cambiar de protagonista.
Once presidentes norteamericanos y más de veinte condenas de las Naciones Unidas no han sido suficientes para terminar con un bloqueo que como lo ha afirmado categóricamente Barack Obama, no ha servido para nada: el modelo económico-político ahí, los castro ahí, y el pueblo cubano sufriendo las consecuencias de una política tan despiadada desde afuera como desde adentro (las propias derivadas de una larga dictadura que ha negado toda libertad y toda democracia.)
Si el bloqueo no logró romper la cerrazón de un sistema político autoritario de partido único, y al contrario no fue obstáculo para que Cuba sobreviviera a los azarosos tiempos del "periodo especial" como se llamó a la crisis derivada de la pérdida de más del 85% del comercio internacional con ocasión del derrumbe de la Unión Soviética, es posible esperar que el germen de la democracia surja de la apertura que necesariamente se desprenderá de este nuevo modelo de relaciones entre Estados Unidos y la Isla.
Aunque hay mucho de deriva histórica en el acontecimiento, es muy justo valorar la intervención personal de dos importantes líderes del mundo de hoy: el presidente Obama que en un caso extraño de merecimiento ex-post, justifica la decisión de la Academia Sueca que le concedió el Premio Nobel de la Paz hace algunos años; y el Papa Francisco que reivindica, desde una muy distinta y distante orilla ideológica, el papel protagónico que también jugó su antecesor Juan Pablo II, en el acontecimiento ya mencionado de la caída del socialismo soviético, junto al presidente Reagan.
El mundo sigue tomando distancia de la Guerra Fría: los dos últimos rezagos que como anacronismos intolerables persisten en el mundo occidental, están a punto de ser removidos: el bloqueo a Cuba y el conflicto interno colombiano que se ha prolongado por más de 50 años entre las guerrillas marxistas y el Estado.
Coincidencia o no, no deja de llamar la atención que el mismo día, casi a la misma hora en que se hacía el anuncio simultáneo del acuerdo entre Estados Unidos y Cuba por parte de los presidentes Obama y Castro, la Farc anunciaban un cese al fuego unilateral e indefinido. Yo quiero pensar que se trata de un buen augurio y que en este caso también estamos asistiendo a la construcción, o reconstrucción de la historia la que en todo caso, no ha llegado a su fin como algunos predijeron.
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