Jaime Alzate


Esta semana tuvimos la sorpresa, no he podido saber si buena o mala, de escuchar por RCN TV una interesante entrevista a William Rodríguez Abadía, uno de los hijos de Miguel Rodríguez Orejuela quien con su hermano Gilberto manejó durante muchos años el lucrativo y maligno negocio del narcotráfico.
Habíamos olvidado a estos personajes, porque la amnesia, común en los colombianos, nos hizo borrar de la mente hechos tan tenebrosos como fueron los tiempos de mayor invasión de las drogas, no solamente en nuestro país, sino en todo el mundo.
Esta entrevista revivió la mancha más negra en la historia de Colombia, como es el reconocido Proceso 8000.Desafortunadamente el principal responsable de haber metido una campaña presidencial dentro del estercolero de la cocaína, el honorable expresidente Ernesto Samper Pizano, en vez de estar pagando sus acciones en algún centro carcelario, con lo que habría verdadera justicia, ahora gracias al apoyo repudiable del nuestro gobierno en franca connivencia con algunos de los gobiernos de izquierda del continente, funge como director de uno de los embelecos que se inventó el dictadorzuelo de Venezuela en su afán de convertirse en un segundo Bolívar.
Lo que contó Rodríguez Abadía nos pone a pensar si no es hora de que tanto el poder ejecutivo, como, especialmente, el judicial cuya politización es evidente, se amarren los calzones y den un ejemplo de honestidad y patriotismo, traten de cambiar su actual lánguida imagen y recuperen el respeto que deberían ostentar con orgullo.
Claro que lo primero que debe hacerse es promover un movimiento que le dé una vuelta completa a esos aquelarres que no tienen otro fin que incrementar una burocracia internacional obsoleta y mendicante, además del establecimiento del llamado socialismo del siglo XXI, cuyos resultados se ven reflejados en el "sensacional" progreso de Venezuela, que no tienen ni papel higiénico, aunque tampoco les sirve para mucho porque tampoco tienen qué comer.
Es hora de reaccionar y mover la opinión para que ahora, que todavía podemos, enfrentemos a individuos como Maduro y Diosdado a quienes muy poco tiempo les falta para terminar de acabar con algunos países latinos, y promovamos un movimiento internacional para sacar de ese puesto al menos a Samper y evitarnos más vergüenzas.
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En la columna anterior comenté la grata visita que nos hizo en Manizales Humberto de la Calle, pues es de los pocos personajes que han sabido conservar la confianza de los colombianos, en una época en que nadie cree en ningún funcionario, sobre todo los políticos.
Pues bien, esta semana en un foro promovido por los altos heliotropos industriales en Bogotá, se comenzó a armar una revuelta encabezada por el fiscal de la nación, quien cada vez que siente una reacción de en su contra por la forma dudosa como maneja el mayor órgano de control y que ahora anda por los suelos, expuso una tesis que dará mucho de qué hablar. Terció el Procurador, le puso el tatequieto, y en clara y firme exposición explicó por qué no está convencido de las bondades del proceso de paz, por la incertidumbre que lo rodea, y la poca confianza que generan los bandoleros de las Farc. Pero el punto culminante de la reunión fueron las declaraciones del general Mora Rangel, quien con patriotismo y valentía dijo cuatro verdades que lo más seguro fue que no le gustaron a Santos, rechazando de plano firmar, por parte de las Fuerzas Armadas, cualquier arreglo en el cual los facinerosos no se comprometan ante el mundo a desmovilizarse y a hacer total dejación de las armas.
¡Muy bien general Mora! Lo respaldamos irrestrictamente. Usted acaba de esgrimir la bandera del honor, que es lo último que podemos perder.
P.D.: Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.
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