Jaime Alzate


Aprovechando un receso en mis actividades por razones de salud, tuve la oportunidad de ver uno de los espectáculos circenses más lamentables, pero a los que nos estamos acostumbrando por la frecuencia con se presentan bajo las carpas de Latinoamérica, encabezados por el gran payaso Maduro, digno sucesor del domador, el extinto coronel Chávez.
Esta vez la función estaba dedicada a una condena que le harían al gran genio de la cultura y los buenos modales por el último sartal de groserías que había lanzado contra el secretario general de la OEA, Luis Almagro, a raíz de la solicitud que este había hecho a la Asamblea General para activar la Carta Democrática y que, hasta donde entiendo, es un instrumento que solo sirve para regañar a algún mandatario de menor rango que se esté manejando mal, o que, como en este caso, los tenga altos del suelo por la forma grosera con que reacciona ante las llamadas al orden por la forma como está gobernando a su país.
Al iniciarse la sesión, estábamos seguros de que se producirían resultados que por lo menos harían reaccionar no solo al directamente afectado, sino que servirían de acicate para que los países de la región que, como Colombia, han tenido que sufrir las andanadas de los dirigentes de Venezuela, por primera vez se amarraran los pantalones y pidieran en forma democrática que sus vecinos puedan recuperar una parte de la perdida libertad, y salir del estado de postración económica en que están hundidos.
Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que todo el circo estaba montado para darnos otro baño de burla y decepción. No fue sino que el presidente de la asamblea comenzara a comentar los hechos sucedidos desde el día anterior, para enterarnos que el montaje estaba preparado por encima de la ingenuidad de un grupo minoritario que en algún momento creyó en la buena fe de unos personajes que manejan a su antojo todo el tinglado de las políticas internacionales.
Argentina presentó la primera ponencia, que no se entendía claramente, pero que proviniendo precisamente de un país que estaba saliendo de una dictadura, al menos dejaba la esperanza de que en su contenido hubiera un trasfondo democrático y fácilmente podría ser aprobado por los asistentes, pero luego se supo que lo que Argentina estaba buscando era un voto de Venezuela para conseguir con mermelada una alta posición internacional. Le daba más peso a esta deducción el hecho de que la ponencia estaba apoyada por USA, México Perú y Barbados, y su aprobación se había hecho por consenso, sin votación, cosa rara en estas reuniones. Como también es costumbre en la diplomacia, el lenguaje utilizado es melifluo y confuso, necesitándose un buen diccionario para entenderlo.
Cuando estaban a punto de acuerdo, se presentaron dos países, de los comprometidos con gigantescas deudas con Venezuela por petróleo suministrado con segundas intenciones. Entonces se abrió el panorama y vimos hacia dónde iba el asunto. Siete horas de farsa habían transcurrido y mucho se había dicho sobre el acuerdo a que se estaba llegando, cuando México, uno de los ponentes, pidió un receso, muy favorable para Maduro, y que según el presidente de la asamblea solo duraría cuarenta y cinco minutos, pero que se prolongó por tres horas. Ahí comenzó a operar la diplomacia de bolsillo, y con la complacencia de todos, incluida Colombia, se volvió a aplazar alguna conclusión para fines de junio.
Nuevamente estos "ricos" países se gastaron una gran cantidad de recursos, y el pueblo pobre y la oposición de Venezuela quedaron otra vez viendo un chispero, esperando que los organismos internacionales demuestren alguna vez que sí son útiles, aunque sea para no dejar morir de hambre a sus habitantes como dolorosamente está sucediendo en el hermano país. Bajaron las carpas del circo y los payasos se fueron sin hacernos siquiera sonreír.
P.D.: Lo que se dice de un hombre, no significa nada. Lo que importa es quien lo dice.
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