Jaime Alzate


Como estamos en medio de una de las épocas que nos llegan cada cuatro años, esta vez nos han caído en forma conjunta la Copa América de fútbol, dentro de unos pocos días la Copa Europea del mismo deporte, y en un par de semanas nada menos que los Juegos Olímpicos, el máximo evento del deporte mundial.
Y como es un asunto que está de última moda, quiero contar lo que me pasó en un accidente, hace más de treinta años, jugando un partido de fútbol en la universidad donde estudiaba ingeniería.
En un leve encuentro con un jugador del equipo contrario caí al suelo, con tan mala suerte que me golpeé contra el piso, que era de cemento, produciéndome una "luxación residivante de hombro". Esto ocasionó que se me saliera la clavícula, con el dolor consecuente, por lo que fui llevado a un hospital cercano, donde un médico sin mayor experiencia en esta clase de accidentes me la volvió a encajar a palo seco, poniéndome una venda. Después un traumatólogo, tras una intervención quirúrgica de alto turmequé en esos tiempos, realizó una operación más definitiva que siguió con un yeso de la mitad del pecho y la espalda, permaneciendo en casi total inmovilidad por tres meses.
Tuve luego que dedicarme a intensos ejercicios de fisioterapia, pero a pesar del largo tiempo que ha pasado, todavía conservo la psicosis de que con algún golpe o un movimiento brusco se me vuelva a desencajar este hombro, lo que necesariamente y a pesar de que me siento en perfectas condiciones físicas, mi capacidad de movilización quedó mentalmente reducida.
En resumen, esto es lo que lo que le pasó a nuestro ídolo James Rodríguez, con los lógicos adelantos de la medicina moderna que atenúan la gravedad del accidente.
El miércoles pasado estuvimos pendientes hasta el último minuto de la determinación que tomarían médicos y directivos sobre la alineación de James en el encuentro contra Paraguay. La mayoría de los espectadores no tenían una real información de los riesgos que estaba corriendo el jugador, pero conversando con unos médicos amigos, estuvieron de acuerdo con que se estaba corriendo un gran peligro si no se le sometía a una intervención antes de tener otra u otras salidas del hombro. Afortunadamente este primer encuentro con la suerte fue satisfactorio y Dios quiera que con las nuevas técnicas médicas, y sobre todo con un buen tratamiento sicológico, pronto lo veamos en plena capacidad poniendo el pecho por su patria. Yo que sufrí algo parecido es mucho lo que pido para que todo le salga bien.
Dentro de mi ignorancia médica, he tratado de reflejar en una forma pedestre lo que puede llegar a sentir un joven tan valioso y con tantas habilidades al enfrentar en un campo de fútbol al monstruo de cien mil cabezas, como corrientemente se llama a los hinchas fanáticos que sufren la transformación del hombre lobo cuando ven un balón, de cualquier deporte que sea.
Ojalá resulte exagerado lo comentado en esta columna y podamos seguir gozando de las filigranas y la habilidad de un muchacho que, hasta el momento, es el único que nos hace olvidar por unos días de la guerra por la paz, de los elenos, de los asesinos de mujeres y niños y hasta de nuestros dementes vecinos, quienes por fin se están poniendo ya maduros de tantas barrabasadas.
P.D.: Si mantienes la calma cuando todos pierden la cabeza, sin duda es que no has captado la gravedad de lo que está sucediendo.
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