Luis Prieto


Tres intervenciones quirúrgicas seguidas explican la ausencia de esta columna. Gracias al Sr. Director por su preocupación.
La costumbre de opinar sobre lo que acontece, ya sea divino o humano, se pega al cerebro y atormenta cuando no se puede satisfacer. Se supone que escribir requiere una preparación previa. Otros como el suscrito prefieren la improvisación, igual a todos aquellos de la edad de quien escribe, ya muy pocos, porque suponen poseer suficiente conocimiento de acuerdo con la escasez de su cabello y experiencias que superan las cátedras de Harvard.
El año 2014 que acaba de fenecer y que se apellida paradójico, fue pletórico de acontecimientos políticos, económicos, contradicciones, traiciones, falsedades, incumplimientos, dobleces y muchas otras actitudes de estas condiciones.
En la parte económica, por ejemplo, el país tuvo que sufrir por mucho tiempo el vocerío del ministro de Hacienda, protagonista sin par de esta algarabía oficial, sobre la salud económica de la Nación. Primero, antes de las elecciones presidenciales, ponderando el éxito del crecimiento económico colombiano como el mayor del mundo. Poco después, midiendo la temperatura política del momento, ya no era del mundo sino del hemisferio americano para al final aceptar que otros países como Bolivia y Panamá la superaban.
Para el ministro de ese entonces, las cuentas nacionales estaban cuadradas, algunas excedentarias. Pero sorpresa, pasadas las elecciones, apareció como por arte de magia, un hueco fiscal de $12,5 billones. El anuncio de una reforma tributaria que se animaba con expresiones como "que se pellizquen los ricos", no se hizo esperar. Un golpe muy duro para la opinión, la cual había concurrido a las urnas con la tranquilidad de que los sufragios por sus candidatos elegidos gobernarían un país que competía con los más desarrollados del mundo. Y que desde la muy cercana anterior reforma, se sentían en medio de una alambrada de tributos hostiles. Inaceptable en un país generoso en los gastos de su gestión.
Como si esto fuera poco, de repente los precios del petróleo caen casi en un cincuenta por ciento, creando una crisis de ingresos por esa cuantía, golpeando duramente las economías de Colombia y Venezuela los mayores dependientes petroleros de Latinoamérica. Irónicamente, el mundo en su inmensa mayoría son países importadores y consumidores de petróleo, lo que los hace felices ya que comprarán el petróleo necesario casi a mitad de precio.
En Colombia las cosas son distintas. El petróleo constituye un 70% de las exportaciones totales y representa el alma de la estructura financiera del gobierno. Si las empresas nacionales y las personas se sienten ahorcadas a medida que se miden la reforma recientemente aprobada, ¿cuál será la reacción cuando se enfrente el déficit petrolero?
Desde hace rato se rumora una emigración empresarial. Aquí en esta columna se publicaron algunas que quebraron y otras que emigraron. Varias también desde hace rato, en forma silenciosa practican esta migración no trasladando equipos pero sí estableciendo sus expansiones en el exterior. No son pocas las que sus instalaciones externas superan con creces el valor de lo invertido en Colombia.
Con este empuje tributario quienes desilusionados y mal tratados, con seguridad, están oteando lugares más prometedores.
Los grandes beneficiados en este mar de levas son los exportadores que han pedido al gobierno con insistencia una tasa de cambio retributiva. Como el gobierno no podía satisfacerlos se optó por los subsidios.
Ha sido el caso de los cafeteros que con la devaluación producida por la baja de los precios del petróleo y el aumento de la producción por el gran número de cafetos renovados, de mayor productividad por hectárea y variedades contra enfermedades, acompañados por excelentes precios en el exterior, han hecho moñona.
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