Luis Prieto


Se refiere en este artículo al dólar estadounidense, moneda fiduciaria impuesta como tal en los Estados Unidos en 1971, cuando la ruptura del patrón oro. Desde entonces rige en el mundo respaldada por la confianza que le otorgan los usuarios.
Esta moneda con este respaldo del país más desarrollado del hemisferio, es el referente de todas las monedas propias de cada país. También la relación con el dólar estadounidense se mide las situaciones económicas y el grado de desarrollo de todos los países que usan sus propias monedas.
En Colombia se ha cumplido a la letra este postulado. Tanto es así que hoy se vive una expectativa diaria por la caída abrupta del valor de nuestra moneda con relación al dólar, consecuencia de la baja del precio internacional del petróleo, alma de nuestra estructura financiera que muestra la debilidad económica colombiana. Una pifia nacional imperdonable, porque nadie se percató ni ahora ni antes de la posibilidad de este hecho propio de la enfermedad holandesa, que hemos tolerado.
Estados Unidos había sido importador de petróleo durante muchos años ya que su producción no alcanzaba para su consumo. De hecho, también había sido el comprador del petróleo colombiano. Pero igualmente se sabía que este país norteamericano tenía en sus entrañas un mar de petróleo en esquistos, debajo de grandes capas de hielo o de sal, cuya extracción requiere una tecnología especial y por lo tanto muy costosa, algo así como de US$70 barril. El convencional producido por todos los países productores, tiene un costo promedio entre US$10-20.
Por razones políticas este país decidió explotar este petróleo en esquistos, así fuera muy costoso e inundó al mundo de petróleo, causando la gran caída de los precios en la cual estamos. De país importador, pasó a ser uno de los mayores exportadores del mundo. Lógicamente ya no compra petróleo colombiano y por lo tanto el dólar de nuestro mercado cambiario pasó de unos mil ochocientos pesos a dos mil cuatrocientos, causando desajustes en el plan de desarrollo hoy a discusión en el Congreso. Una gran devaluación y unas expectativas negras para el futuro de los colombianos. Esto fue advertido en su momento meses atrás por esta columna.
Colombia, de un país ejemplo en desarrollo y de un crecimiento económico casi sin par, de un día para otro quedó en su plata, pobre y endeudándose día a día para cumplir ahora unas precarias metas.
Esto nos llega en el momento cuando se ha aprobado una reforma tributaria muy dura con la producción nacional, que no se pudo discutir en detalle y se acudió al Congreso en medio de afanes para que fuera aprobado en una forma exprés. No se puede negar que existe un descontento empresarial y que no son pocos los industriales y empresarios que otean otro país con mejor trato tributario.
Esta situación que nos ha llegado por tener la enfermedad holandesa que consiste en tener una economía dependiendo de un solo producto, en nuestro caso el petróleo, con el agravante de que nuestra petrolera Ecopetrol tiene unas exiguas reservas.
Aunque era sabido desde mucho antes, apenas ahora con el agua al cuello las autoridades correspondientes desde hace muchos gobiernos, se dan cuenta de la urgencia de promover otros productos que remplacen las falencias del petróleo, o que al parecer serán casi eternas.
Ahora hay que apuntar al café, avanzado en productividad con mayor rendimiento por hectárea y más resistencia contra las plagas, que en algo ayuda por el buen precio externo y la devaluación de nuestra moneda. Mientras dure la gran sequía en el Brasil. Pasar de la bonanza nacional a la pobreza deprimente a la que hemos llegado de un día para otro, también es un yo acuso a las directivas nacionales desde un largo pasado por este descuido imperdonable.
Si los países productores que son ricos y de manera fuerte no tienen problema mayor con los precios del petróleo, también los consumidores están felices porque con petróleo barato bajan sus costos de producción. Los que viven del petróleo como Colombia y Venezuela lloran la pobreza de sus economías.
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