Luis Prieto


El golpe que inició la crisis por la caída del precio internacional del petróleo, todavía no es percibido por los colombianos en su real dimensión, pero en el corto plazo empezará a acelerarse, hasta alcanzar velocidad de torbellino. Fue una caída repentina de los precios del petróleo en más de un cincuenta por ciento. Es decir un monto aproximado de veinte mil millones de dólares que repercutió en el corazón del Presupuesto Nacional, desbaratando todos sus programas.
Esto quiere decir muchas cosas, porque una caída inesperada de los ingresos en esa cuantía afecta la vida y el trabajo de todos los habitantes y empresas colombianas.
La situación económica nacional, ya desde años atrás, padecía de una peligrosa debilidad, advertida desde ese entonces sin que los gobiernos se percataran. Se olvidó de que años atrás y hasta la década de los años noventa, siglo pasado, los precios internacionales del petróleo giraban alrededor de diecisiete dólares barril y con la rentabilidad de esa cifra, el país vivía sin mayores afugias pero avanzando a paso lento.
De pronto a merced de combinaciones políticas de los grandes productores del mundo petrolero, ese precio se trepó hasta cotizaciones de ciento diez dólares por barril. Como si hubiera llovido maná del cielo, Colombia se expandió en gastos hasta el infinito, principalmente el gobierno y todos sus afines políticos. La concepción del ahorro pasó inadvertida. Se avisó con conocimiento de causa que el país se había infectado de la enfermedad holandesa, es decir que vive de un solo producto. El peligro de una situación como esta, en su momento, fue repetido por analistas serios colombianos y sobre todo por entidades especializadas del extranjero. Pero durante toda la bonanza de los cien dólares por barril, solo hubo oídos sordos. La fiebre del gasto invadió todos los confines de la República, particularmente en el sector público.
Los hechos son contundentes. El presupuesto del gobierno fue golpeado severamente, obligando a grandes recortes, lo que puede conducir a la idea de una urgente reforma tributaria, para cubrir el gran hueco producido por estas razones y que podría ser más feroz y confiscatoria que la que estamos viviendo.
La crisis petrolera y sus derivados, está redundando en una escasez de dólares cuyo precio reflejado en la tasa de cambio, encarece viajes al exterior, igualmente la materia prima para todo lo que importa la industria y demás sectores que la requieren. Los precios de la producción se multiplican y así también todos los bienes importados. Lo más grave, las ventas al exterior cayeron un treinta por ciento en el primer trimestre de este año, lo cual sumado al déficit comercial que ya se tenía, hace del comercio externo un déficit acumulado de más de cinco mil dólares y amenaza de diez mil dólares al terminar este 2015. No se tiene con qué pagarlo o reducirlo.
Lo más amenazado es, sin duda alguna, las obras públicas ya prácticamente iniciadas, como las vías 4G de una envergadura nunca antes vista y que le darían al país un impulso de grandes proporciones.
El empleo, hasta ahora sostenido, puede venirse abajo. Sería lo más probable, con consecuencias que es mejor no mencionarlas.
El gobierno, un poco aporreado por lo que le llegó de sorpresa, empezó a emitir bonos de deuda en dólares con indudable éxito en su colocación. El bajo endeudamiento externo que ha caracterizado a Colombia se ha estado aprovechando al máximo, para estos efectos. Con estas operaciones la deuda pública ya tiene un alto nivel.
El Presidente se presenta optimista. Con sus ministros está organizando un plan de desarrollo selectivo para impedir el desempleo, impulsando sectores como la construcción en todas sus facetas, el agro dándole un presupuesto importante esperando adecuarlo también a las exportaciones. Y se supone, que igualmente la industria tenga beneficios que le permita sumarse a estos impulsos presidenciales. Sostiene día y noche que el país seguirá creciendo y que alcanzará un PIB de tres por ciento este año, cifra superior a la de los vecinos. Y unas exportaciones anuales de treinta mil millones poniendo en marcha sus selectos programas.
Estos son los hechos tozudos que mueven la economía nacional. Dios quiera que se cumpla el optimismo presidencial.
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