Luis Prieto


La situación del país no es para menos. Todos los indicativos así lo afirman. La caída de los precios del petróleo sumada simultáneamente a una reforma tributaria absurda y confiscatoria, ha sido la causa principal.
El gobierno y el país se engolosinaron con precios de US$100-110 del barril de petróleo y ambos construyeron una casa en el aire, sin que nadie en Colombia tuviera en cuenta que toda esta ilusión tenía que ser momentánea. Hasta hace cinco años el mundo petrolero, y el país en particular, vivieron y crecieron con precios girando alrededor de treinta dólares por cada barril.
Que el mundo petrolero ha sido siempre superavitario, es algo sabido por cualquiera que lea un poco sobre la materia. Igualmente siempre ha sido conocido que el mundo árabe, con Arabia Saudita a la cabeza, solo saca al mercado un bajo porcentaje de lo que tienen en el millonario inventario de sus entrañas. También que nuestro vecino Venezuela tiene las mayores reservas del mundo, y podía darse el lujo de apalancar su desarrollo en el petróleo, porque con este regalo celestial, puede producir suficiente para vivir y progresar a cualquier precio del mercado.
Muy pocos países se han afectado con la situación actual de US$60-65 el barril. Casi nadie, excepto Colombia que tiene su vida soportada sobre el precio del petróleo, 70% de sus exportaciones. Irónicamente esa rebaja ha sido aplaudida por la mayoría de sus usuarios mundiales porque los ahogaba el monto que tenían que pagar sus industrias y también sus sectores agrarios para sus menesteres. Esos afortunados, incluyendo los Estados Unidos que de un momento a otro se convirtió en exportador, están felices con gasolina a menos de mitad de precio que les permite llenar el tanque de sus carros sin las angustias del precio anterior.
El país que más está sufriendo es Colombia, que durante estos cinco años de bonanza petrolera, construyó sus presupuestos con petróleo a US$100, y ahora cuando llegaron las vacas flacas, o digamos la normalidad, se estremece y no sabe aún qué va a hacer.
El golpe ha sido doloroso, porque el gobierno ha construido un programa muy ambicioso de realizaciones que apunta principalmente a la infraestructura vial, hoy en Colombia arcaica y mala, que la inhibe de todas las posibilidades de ser competitiva a metros más allá de sus fronteras. Un programa con costo nunca soñado por sus habitantes.
El desplome del precio del petróleo ha impactado a ciertos sectores más de la cuenta, haciendo que las exportaciones nacionales se fueran al suelo creando un saldo deficitario bien preocupante. Tanto que no se sabe qué hacer con todos los TLC firmados por Colombia con países con los cuales no puede competir y que cada año las pocas barreras aduaneras en descenso que todavía existen, les favorecen.
Las reacciones y consecuencias en el país integrado, causado por el desfase producido por la pérdida anual de quince a diez ocho mil millones de dólares producto de los precios petroleros, todavía no se han evaluado con la sabiduría requerida.
El gobierno se nota menos confuso. Ha decidido con toda razón no suspender las autopistas iniciadas, por su importancia vital para la competitividad y confort de la nación. Impulsar los sectores que producen más empleo, la construcción en todas sus facetas. También el agro, del cual se espera tanto afectado con excepciones desde siempre por un atraso sideral que obliga al gobierno a acelerar a marchas forzadas la tecnología de su producción, para que su suelo produzca dos o tres veces más en su área actual, con calidad excelsa. Y la industria desafortunadamente con quince o más años perdidos. Su influencia en el desarrollo nacional ha caído del 23% del PIB a una vergonzosa posición del tres o cuatro de este índice. También aquí se tiene que restear el gobierno.
Desafortunadamente esta emergencia con el petróleo, se presenta en momentos en que la comunidad colombiana estaba crispada con la reforma tributaria recién expedida. Nada más absurda, antitécnica e injusta con la producción del país y de otros sectores ciudadanos. Ha provocado lo que puede decirse una estampida encubierta de empresas y empresarios a otros lares menos repulsivos.
Si se puede retener el empleo, Colombia podrá asimilar el golpe y seguirá creciendo al paso anterior.
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