Luis Prieto


Discurrir sobre la seguridad no es cualquier cosa. Su valor se acrecienta cuando se ha tenido y se ha perdido. Tanto es su dimensión que su ausencia, hace nugatorio todo paso hacia la felicidad, felicidad que el ser humano persigue desde el primer día de su creación. Es decir, seguridad es la llave maestra de la felicidad.
Cuando se ha tenido y se pierde, viene la desolación y la muerte asesina aparece por los cuatro puntos cardinales. La sangre fluye a borbotones por cielo y tierra, por calles, caminos y senderos. Las gentes de toda clase y condición se encierran a esperar su turno mortal o por lo menos la extorsión cautiva. Los negocios de toda naturaleza se van escurriendo poco a poco.
Nadie quiere vivir un mundo así. Todas las gentes empiezan a soñar con alguna migración de acuerdo a la bolsa de sus ahorros. Los que nada tienen solo Dios podrá resguardarlos.
Parece que esta columna está dibujando el mapa de Colombia, el país más bello de las Américas, pero también el más maltratado y azotado. Muchos dicen que el Creador se equivocó con la clase de gente que puso dentro de sus linderos, que quienes la habitan no merecen tanta belleza. Para no blasfemar tanto, digamos que algunos, muy pocos, se salvan de integrar esa montonera, y son los que constituyen la esperanza.
Colombia nunca ha tenido paz, porque nunca ha conocido la seguridad. El desangre humano se inició desde que empezó a llamarse república independiente, cuando ya libre de sus colonizadores, se iniciaron las guerras internas entre sus generales de la emancipación, por el dominio político de sus estados, así llamadas sus divisiones territoriales. El siglo diecinueve, tuvo catorce reformas constitucionales y por lo tanto catorce sangrientas revoluciones. Finalizó ese siglo con la guerra de los mil días entre conservadores y liberales, las dos denominaciones políticas dominantes, que no dejaron piedra sobre piedra y que convirtieron a la patria colombiana en tierra de la hambruna y la miseria.
Esto se prolongó durante las dos primeras décadas del siglo veinte, hasta cuando los Estados Unidos remojó su conciencia por la escisión de Panamá, donándole a la madre patria veinte vergonzosos millones de dólares. Esto sirvió para iniciar alguna infraestructura, generando algunos puestos de trabajo y cierta tranquilidad.
Pero Colombia no podía vivir en paz. Su clase dirigente lo impedía. Los dos partidos políticos vigentes, azuzaron a sus huestes, pobres ignorantes, a una batalla sangrienta por el poder. Allí nació las Farc que se creció multiplicada por la hoja de coca que estimularon y exportaron, con utilidades en dólares envidia hoy del Banco de la República. La inmensa riqueza que lograron con el narcotráfico, les permite hoy capotear a sus anchas y con éxito, las negociaciones de paz solicitadas por el gobierno. Todos estos lapsos fueron teñidos de sangre indeleble hoy enmarcados en la inseguridad rampante.
Sin embargo, la generación que está culminando conoció años de paz y por ende el progreso y el desarrollo. Un gobernante de excepción, diezmó y arrinconó a las fuerzas asesinas y fuera de la ley, e impuso hasta entonces la seguridad desconocida. Las gentes colombianas recluidas en sus casas sin poder salir a las calles de sus ciudades y menos al campo y a las veredas campesinas, fueron liberadas, dando riendas sueltas a sus negocios y a su emprendimiento, haciendo de Colombia un paraíso para nativos y extranjeros. La seguridad hace milagros. Su sola presencia despierta el ánimo para hacer toda clase de cosas y con la imaginación al vuelo, nunca se detiene para que sin necesidad de estímulos gubernamentales, la humanidad libre y tranquila innova y produce sin cesar.
Pero al parecer Colombia está condenada a la tragedia permanente y a la zozobra continuada. Hoy, después del corto período de bienandanza, ha regresado a la historia trágica que ha llevado en sus hombros desde su nacimiento.
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