Luis Prieto


Este es un buen título seguramente ya usado por el delirio que vive Colombia desde siempre y en especial en estos tiempos tormentosos.
El presidente Santos, recién posesionado, decidió correr el albur de invitar a la guerrilla a una negociación para conseguir una paz. La guerrilla en ese entonces estaba arrinconada, casi derrotada, por los certeros golpes y estrategias conjuntamente aplicados por el presidente Uribe y su ministro de Defensa Juan Manuel Santos.
Su hermano Enrique, ducho en estas lides, lo animó y juntos acordaron invitar a otros tres personajes, también con experiencia, para los primeros contactos que lograron después de meses, cuando cabecillas guerrilleras claves, con los delegados del gobierno se reunieron en La Habana y allí acordaron enmarcar el proceso de discusiones con cinco puntos, a gusto del Presidente.
En medio de discusiones, sinsabores, interpretaciones, diferencias políticas, contradicciones, amén de una incertidumbre por parte de la ciudadanía nacional, las conversaciones han logrado un avance que hace el proceso irreversible. Al parecer los representantes guerrilleros son los más aferrados a la mesa de deliberaciones.
Tanto que ya la preocupación del gobierno es el postconflicto, su metodología y su costo. Hoy más preocupante, cuando el erario público y concretamente su estructura financiera, ha recibido un golpe severo con la baja del precio del petróleo, alma de las finanzas públicas.
Pero el presidente no decae. Su obsesión es conseguir la paz de Colombia y para ello está dispuesto a dar todas las batallas del mundo. Son muchos los interrogantes qué descifrar y más los duros pasos que recorrer, para mantener indemne las conversaciones en La Habana y conquistar al mismo tiempo la desconfiada opinión pública.
El Presidente está viendo, como sus asesores y el país entero, que el plazo para la gran decisión se acorta con velocidad y se le viene el máximo desafío, como es el postconflicto, en medio de una crisis económica de duración indefinida.
El postconflicto demanda la atención de frentes quizás más complicados que el proceso mismo de conseguir el acuerdo para firmar la paz, y la verdad es que poco se ha previsto. El Presidente empieza a darse cuenta de lo que tiene en sus manos y hace propuestas, que como todas las que vendrán sobre este tema, despertarán diversas reacciones en un público prevenido.
Uno de los frentes más complicados y de urgencia casi inmediata es el programa para atender los ocho mil o algo así, de guerrilleros de base, es decir la tropa guerrillera, integrada la gran mayoría o totalidad por niños y adolescentes analfabetos reclutados a la fuerza.
Reeducar a estos infantes, implica una tarea compleja y costosa. Existe desde años una organización estupenda y exitosa para rehabilitar desmovilizados, que sirve muy bien para calcular desafío tan grande.
El Presidente visitó recientemente a Francia buscando luces. Allí le enseñaron una institución para algo parecido, pero que alumbra un poco para iluminar la mente estatal y concebir una solución para los infantes de la guerrilla, que nadie pensaría seguirles un juicio penal y encerrarlos en una cárcel. Pero tampoco dejarlos al libre albedrío del delito y el asesinato.
En Francia inventaron la gendarmería para casos semejantes, bajo el mando militar que vigilaría el orden público en poblaciones y veredas.
Eso se puede traducir en Colombia al idioma social y castrense de nuestro medio. Se haría un reparto entre la Policía y el Ejército donde tendrían disciplina, instrucción general y cívica y naturalmente sin armas, ayudarían a la vigilancia adscrita a estas nobles organizaciones militares.
Si la torpeza de las discusiones, que siempre son palos en las ruedas para volcar el carro, se supera, esta es una idea susceptible de ser convertida en una norma legal de gran utilidad. Si se hiciera realidad se alcanzaría a tiempo uno de los mayores problemas para culminar la paz que persigue el presidente Santos con tanto ahínco.
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