Luis Prieto


El 23 de marzo, días más días menos, Santos y Timochenko firmarán en nombre de Colombia y de la guerrilla, un documento que llaman de paz.
Eso es lo previsto enfáticamente por el Presidente y dudosamente por el jefe guerrillero. El Presidente tiene afán. El tiempo pasa aceleradamente y teme que su obra magna se malogre, quedando mal en el país y sobre todo en el exterior, donde ha pasado más de la mitad de su período presidencial, pidiendo apoyo y algo metálico para este proceso. Ese respaldo internacional, que alcanza hasta los prominentes jefes de estado, a los cuales el Presidente tiene acceso por la investidura que ostenta, es un apoyo que no va más allá de una palmadita en la espalda y votos por su éxito. La cortesía diplomática no da para más. Sin embargo nuestro ilustre e iluso Presidente, aspira a que el costoso post conflicto sea financiado por sus vaporosos amigos, cuál de ellos más, en banca rota.
A pesar de la crisis financiera que empieza a sufrir el país, expandió la burocracia palaciega con el nombramiento, para estos menesteres, de un nuevo ministro. Naturalmente el nuevo funcionario, como los de su órbita, tiene su corte burocrática, incluidos viajes con todo el elenco por el mundo presidencialmente adobado, con sombrero en mano, a recoger lo que está previamente prometido.
La ansiedad presidencial por firmar un papel que le signifique paz, lo ha forzado a acceder a pretensiones crecientes de su contrincante terrorista. La guerrilla ya le tiene medido el aceite, tanto que estos intérpretes del crimen, han empezado a tomar posesión de partes del territorio colombiano, con visitas armadas, puesto que para estos bandoleros en absolución, lo que les importa es la invasión territorial, no tanto la burocracia nacional.
La célebre firma del 23 de marzo es una utopía. Faltan puntos por acordar y multitud de reservas dejadas para terminarlas al final. La llamada dejación de armas tiene que significar su entrega y destrucción, pero para la guerrilla no lo es. Las armas para ella son la garantía de que el gobierno va a cumplir lo acordado y según han repetido, seguirán bajo su dominio y no las abandonarán sino a lo largo de mucho tiempo.
Esto y la negativa de abandonar el negocio del comercio de la coca, que según cálculos les produce unos diez mil millones de dólares al año, dará lugar a intensas discusiones.
La guerrilla es la organización de narcotraficantes más grande del mundo, dispone de la más alta oferta coquera por parte de Colombia y con todo eso es casi imposible que cesen sus actividades. Es muy seguro que los Estados Unidos no se conforme con cualquier debilidad colombiana en este punto. El peligro es que una de las partes de las negociaciones tiene prisa y para la otra el tiempo no cuenta, Es lo que les ha dado tantos frutos.
Faltan muchas cosas por ajustar a las cuales hay que sumar la incertidumbre hoy en las manos de la Corte Suprema donde se teme una negativa, por inconstitucional. Una decisión negativa es prácticamente el acabose para el Presidente y para el proceso de paz, según lo ha ratificado.
Todo este panorama con todo su rigor, puede ser inferior a la situación económica a la cual nos estamos integrando. Como aquí se ha dicho varias veces, el hueco producido por la baja de los precios del petróleo ha sido muy grande. Ha empobrecido al país de un momento a otro y por mucho tiempo, porque el petróleo comprende todos los sectores. Su precio de bonanza la cual desperdiciamos, ya no volverá. La deuda actual internacional, fruto del déficit entre importaciones y exportaciones está superando los US$20.000 millones de dólares, algo ya impagable. Si esto no se financia de alguna manera, así sea por un milagro y la estructura gubernamental gastona y desaforada no se reduce al mínimo como la que se tenía en 1998, cuando el país vivía con US$ 10 dólares barril, la advertencia de la calificadora Standard and Poor’s se hará realidad. Colombia perdería su grado de inversión y sería repudiada en el mundo financiero internacional. Ya en este punto sálvese el que pueda.
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