Luis Prieto


Este artículo lleva consigo la mayor complacencia porque se refiere a algo muy sensible y afecto al corazón de quien estas líneas escribe. El Club Manizales, según noticias provenientes del señor gerente y miembros de la junta directiva, se ha rescatado de la indigencia que en algún momento tuvo y de las garras de algunos arcaicos personajes de la época dedicados a la venta de lo que se había creado en Manizales con tanto esfuerzo.
Estos distinguidos amigos han tenido a bien informar a este columnista que el Club es hoy una institución como lo fue en los primeros años de su fundación. Sus finanzas están saneadas, el edificio ha sido embellecido, la organización interna recuperada, la atención a los socios es algo admirable y sobre todo que la sociedad de Manizales ha estado concurriendo con alegría, seriedad y orgullo por lo que este Club representa.
Muy poca gente puede decir que fue testigo de su construcción, porque ya los miembros de la directiva que lo gestó han desaparecido, con excepción del suscrito. Mi amor y devoción por este club nacen desde que la Junta Directiva, presidida por este servidor, se empeñó en darle a Manizales algo muy especial y superior a todos sus congéneres del país. Aquí es bueno recordar nombres de quienes hace sesenta, setenta años tomaron esta decisión: Eduardo Gómez Arrubla, Germán Vélez, Fabio Henao y Jorge Echeverry.
En cumplimiento de este desafío, después de una investigación muy intensa, se contrató para su construcción a la firma Obregón y Valenzuela acreditados arquitectos internacionales, el primero español y el segundo de la ciudad de Bogotá. Los trajimos a Manizales para el estudio de este proyecto y se recuerda que se encantaron con la ciudad, una ciudad pequeña pero bella en todo sentido, rodeada de panoramas que daban lugar a atardeceres sin igual. Y además lo más importante, eran sus gentes, los ciudadanos y sus dirigentes, todas personas de su talante, de simpatía, de cultura y devotos porque su ciudad se distinguiera cultural e intelectualmente en el ámbito colombiano.
La Junta presidida por quien esto escribe decidió tomarse el club dictatorialmente durante la construcción que duró aproximadamente tres años. Era necesario ubicarlo en lo que significaba el centro de la ciudad. Para ello había que adquirir y negociar predios y casas residenciales.
Algo bello sucedió cuando abrió sus puertas. Los directores invitaron a las gentes populares de todo Manizales, de todos sus estratos para que visitara esta hermosura, adornada con jardines que eran hasta entonces desconocidos, bajo la tutela de dos distinguidísimas damas Matilde Uribe Ocampo y Lucía Arango. Se puede decir que todo Manizales pudo ver, detallar y admirar esta estupenda obra que permitió que estas personas fueran las que inauguraron el Club durante dos días, antes de que sus socios tuvieran esa prelación.
Ya instalados, el Club Manizales recogió algo maravilloso del viejo club que se reemplazaba, la tertulia. La tertulia era algo maravilloso porque todas las tardes en sus salones amplísimos, se reunían las autoridades, todas ellas señoriales, los industriales que ya emergían como fruto del empuje provocado por el brío de la generación de ese entonces empeñada en llevar a Manizales en los primeros lugares del país.
Siendo este columnista presidente en ese entonces de la ANDI, cuando la ANDI era una institución omnímoda que casi dirigía al país con patriotismo, como bastión del gobierno nacional, se celebró la Asamblea General Anual de la institución, recientemente inaugurado el Club. Los que hoy manejan a la ANDI no tienen por qué saber que quien la sugirió fue el doctor Alfonso López Pumarejo, porque necesitaba como contraparte un sector privado organizado para que conjuntamente pudiera manejar el país.
No hay palabras para referir como fue aquello. Todo lo que valía Colombia inundó la ciudad, no solamente sociales sino también personajes del agro colombiano. Así Manizales pudo lucirse y presentarle a Colombia su belleza y su capacidad para atender a tanta gente. Lógicamente se cerró la asamblea en sus salones con una fiesta y una reunión social que nunca Manizales había tenido. La elegancia fue indescriptible, la importancia de los asistentes era total y para mencionar lo más emocionante en este final, fue cuando la bella artista manizaleña Carmenza Duque estrenó con su bella voz prácticamente el himno de la ciudad, la feria de Manizales.
Fueron momentos muy emocionantes y el Club de Manizales fue el centro de gravedad de tan importante evento.
Gracias a los señores que hoy rigen el club después de batallar arduamente al regresarlo a los niveles que una vez tuvo y que fueron amenazados casi de muerte. Gracias señor gerente Carlos Gómez, perteneciente a una juventud que afortunadamente está tomando los comandos de la ciudad y reitero también los mismos sentimientos a la Junta Directiva por haber salvado una insignia que no podía desaparecer.
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