Luis Prieto


Una encuesta entre colombianos, incluyendo extranjeros con algún conocimiento de Colombia, en la cual se preguntara cuál sector de la economía sería el más propicio para el desarrollo de nuestro país, con seguridad la agricultura y la agroindustria como derivado, llevarían una inmensa mayoría.
Esto es lógico. Desde siempre las gentes, las de hoy, las de ayer y las de mañana, han tenido en la mente, así sea a ojo, que estas tierras nuestras están en capacidad de producir toda clase de frutos, en cantidades y calidades. Una visión un poco romántica, porque si bien esto es parcialmente cierto, el campo nacional dista un buen trecho, en extensión y en calidad, de lo que la imaginación ha almacenado.
Las mismas autoridades agrarias padecen de esa ilusión, y quizás el vivir de ilusiones, ha sido la causa de que el agro en general, haya sufrido el abandono de todos los gobiernos.
Las autoridades económicas se preguntan el por qué los productos agrarios no han salido a la palestra de las exportaciones, ya que la devaluación del peso las hace propicias y atractivas. Parece increíble que a las altas esferas estatales del sector no hayan llegado informaciones sobre el costo de producción de los productos de la agricultura nacional, cuya cultura todavía se encuentra en los albores, un poco más acá de la edad de piedra y que a un paso más allá de nuestras fronteras, se ofrecen los mismos bienes de una calidad cuyo refinamiento no es conocido en los campos agrarios de Colombia y se ofrecen al mercado internacional a menos de la mitad de los precios colombianos.
Parece que también se ignora que la agricultura mundial con nuestros vecinos incluidos Perú, Chile, Argentina y Brasil, desde hace mucho tiempo ha transformado genéticamente todo su agro, logrando producciones mucho mayores por unidad territorial, bajando los costos y depurando calidades.
En este momento el suscrito se tropieza con un artículo donde resalta el poderío mundial agrícola de Brasil a pesar de sus penas. Por ejemplo, junto con la Argentina le está compitiendo a la gran cosecha del Corn Belt, el cinturón del maíz y de la soya de los Estados Unidos, con precios, en su propio terreno, reducidos a la mitad. De este calibre son nuestros competidores.
Las tierras para las siembras colombianas, en una gran proporción son de ladera y por lo tanto su explotación tiene que ser manual, con alguna pequeña mecanización. Las planas arables más competitivas, no es que sean muchas, pero con las existentes se puede hacer un buen desarrollo con la tecnología genética correspondiente.
Para el empleo óptimo de todo el conjunto se requiere un número importante de centros de investigación, para las semillas adecuadas, propias para las variedades ambicionadas y para los suelos, iluminación y todo lo referente a un ambiente tropical, bien distinto al de los países con estaciones.
El ministro de Agricultura ha anunciado profusamente la siembra de un millón de hectáreas, pero aún nadie sabe dónde y qué productos. Se trata de menguar algo de la caída de los precios del petróleo que tiene en ascuas al país. Ya no tenemos ni tendremos más petróleo y la agricultura, si se lograra trabajarla con la tecnología moderna, se podría llegar al mercado de exportaciones con éxito. Pero se tomarán años.
Antes de ensillar los caballos se tiene que esperar lo que el gobierno haya pactado con las Farc, relacionado con el uso de las tierras. Para un programa como el aludido se requieren grandes inversiones de dinero. Es una falacia sostener que la agricultura es para los pobres. A esto solo se pueden enfrentar quienes tienen los altos recursos que demanda un programa de esta naturaleza.
La tecnología y la mecanización se han impuesto en el mundo agrícola. La población campesina ha estado desapareciendo del mundo. En Colombia empieza a notarse. Por ejemplo en las temporadas de la cosecha cafetera, no se consiguen cogedores. Hay que importarlo hasta de Ecuador. El campo en general solo lo habitan ancianos. Sus hijos han emigrado a los pueblos y ciudades. Las luces los obnubilan y no regresan.
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