Luis Prieto


No hay en este mundo una persona más agobiada y asediada que el Presidente de Colombia.
Lo que el titular de esta columna va a describir aquí, no es un ataque en absoluto a Juan Manuel Santos. El hecho de que quien esto escribe haya participado en las campañas de Álvaro Uribe para llevarlo a la Presidencia de la República y considerarlo como el mejor Presidente que ha tenido Colombia a lo largo de su historia, no es denostar de Santos como persona.
Eso nunca. Este escritor ha tenido la suerte de conocer a Santos por varias décadas. Desde el principio se conformó una amistad respetable, creciente con los años, por ese entonces periodista de El Tiempo, empresa de su familia.
Juan Manuel Santos es un gran señor, de esmerada educación social y profesional. Desde niño ha querido ser Presidente de la República de Colombia. Tras este objetivo, orientó sus estudios y su participación en política. No es un recién llegado. Llegó a la Presidencia después de una lucida carrera que culminó como ministro y candidato de Álvaro Uribe, el más prestigioso y poderoso jefe de Estado de todos los tiempos.
Por todas estas razones es inexplicable el derrumbe de su gobierno. ¿Qué ha pasado? Una serie de errores abrieron plaza desde su posesión.
El primero, el rompimiento con Uribe, su mentor y propulsor. Dicen protagonistas del momento, que la mañana, cuando Uribe se preparaba para el acto de posesión de Santos, le dijeron que el mismo Santos tenía como su principal invitado a Chávez, su enemigo internacional, protector y anfitrión de la guerrilla colombiana. Golpe más duro para Uribe era imposible. Al fin Chávez no pudo asistir y Maduro lo remplazó.
A renglón seguido, en el mismo acto de posesión, el ya presidente Santos anunció a dos personajes como ministros, Germán Vargas Lleras y Juan Camilo Restrepo, los mismos que atormentaron la vida presidencial de Uribe. Otro mazazo.
Pero quizás lo más diciente fue la cancelación de la seguridad democrática, programa importantísimo de Álvaro Uribe con el que pacificó al país, hizo que la seguridad reinara día y noche en toda la extensión territorial y promovió así la inversión nacional e internacional, impulsando con ello el desarrollo general del país, como pocas veces se había visto.
Con estos errores a la espalda y ya lejos de Uribe, Santos inició su gobierno. Se dice y así se adivina de su libro que a los pocos días su hermano Enrique, de gran influencia y al mismo tiempo de reconocida tendencia izquierdosa y amigo cercano de la jefatura guerrillera lo visitó.
Todo indica que Enrique convenció a su hermano que, estando la guerrilla prácticamente derrotada y a punto de sacar bandera blanca, era estratégico para la resonancia de su Presidencia, ofrecerle una negociación, la cual sería una cosa rápida, a lo sumo algunos pocos meses. La bandera del Premio Nobel de la Paz empezó a ondear.
Esto ha sido mortal para el Presidente. Aceptó de inmediato esta insinuación y se entregó de lleno a una paz negociada que le ha abarcado todo el tiempo de su gobierno, abandonando así casi el resto de sus deberes. Uno muy grande, el control de los ministros que han cometido muchos daños. Por ejemplo las dos últimas reformas tributarias que ha espantado y repelido la producción. Su costo presidencial, una caída de varios puntos en su popularidad, hoy por el suelo.
Peor, en su afán ha permitido que los negociadores guerrilleros se empoderaran, y con su arrogancia son quienes dictan la agenda, imponen sus pretensiones y, por lo tanto, los colombianos se preguntan cuánto se está entregando.
Un golpe de mala suerte, aunque predecible, la baja de los precios del petróleo. Significó una caída en el presupuesto de la nación de grandes proporciones. A esto se suman los desmanes de la burocracia oficial en una expansión, acorde con la bonanza pasajera de los precios de US$110 por barril.
Y hay que sumarle algo peor, el gran déficit en el comercio externo de unos US$20.000 millones, para el cual no tenemos ni siquiera para un abono, causante de una devaluación no conocida, que tiene a los colombianos como consecuencia, en una ruta de quiebra incontenible.
Para colmo de la desgracia, el Presidente es atacado por el apagón eléctrico que se nos viene y que le costó la cabeza de un ministro por desacato. También las derrotas en La Haya al nombrar negociadores inexpertos contra un contrincante con todas las experiencias y estudios del mundo.
Y no más hasta aquí. Se agota el papel y el ánimo para seguir esta triste enumeración.
Pero antes el suscrito quiere recordar que hasta Manizales tiene declarado persona non grata al Presidente, por sus múltiples promesas incumplidas para el Aeropuerto del Café.
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