Luis Prieto


Se anuncian ya las justas electorales para elegir alcaldes y gobernadores. Pocas veces estas convocatorias populares han merecido tanta importancia para el gobierno nacional y para todo el cotarro político del país.
Igualmente pocas veces un presidente de la república ha estado tan comprometido y jugado como lo está ahora Juan Manuel Santos en el solio de Bolívar, anhelo de su vida. Se obsesionó desde el inicio de su mandato en obtener una paz negociada con la guerrilla de la Farc, en esos momentos abatida por las acciones del gobierno del presidente Uribe, de cuyo gobierno había sido su protagonista principal como ministro de Defensa.
Representantes del presidente y de la guerrilla iniciaron en La Habana conversaciones completamente secretas. Acordaron una agenda de cinco puntos inamovibles. Lo concertado se sometería al juicio del pueblo colombiano mediante un referéndum. Y este es el quid de la cuestión.
Las conversaciones han avanzado, el gobierno prevé un pronto final y teme por resultados negativos en el referéndum, lo cual sería mortal para Juan Manuel Santos y su gobierno. Por eso el Presidente necesita, casi con desesperación, alcaldes y gobernadores amigos, con capacidad de comprometer a sus electores con esta causa presidencial.
Ninguna otra autoridad tiene la cercanía ni conoce tan a fondo los sentimientos de las gentes, que con sus votos los convierten en alcaldes. Este ha sido el mandante más antiguo de la humanidad. Data desde los primeros ínfimos conglomerados, a los cuales la evolución les infundió la primera chispa intelectual, que los condujo a seleccionar a uno de los suyos, para ser su guía y regulador de sus primitivas discrepancias.
Los alcaldes nacieron y se convirtieron en la primera autoridad. Por la misma época empezaron a surgir los curanderos de la salud, apelando a actos de brujería. Fueron los primeros médicos. No pudieron faltar quienes identificaran los dioses y le incorporaran a estos recién nacidos, premios celestiales y castigos infernales y la existencia de otra vida después de la presente. Fueron los primeros sacerdotes que complementaron la tricológica autoridad de los conglomerados emergentes.
Hasta nuestros días ha permanecido esta autoridad tripartita, el alcalde, el cura y el médico, como base y fundamento de las comunidades humanas. Las grandes ciudades y hasta los pueblos más pequeños conservan la autonomía para elegir entre los suyos a quien señalan como el más idóneo para lograr el progreso y el bienestar ciudadano. La mayor parte alejados de la política partidista que persigue otros intereses. Su condición de seriedad e independencia los hace meritorios, en muchos países desarrollados, de ser reelegidos varios períodos continuados. Premio y condición cuyo arraigo no tienen otras autoridades políticas.
En Colombia el honor de ser alcalde de su ciudad se conserva con excepciones. Una de ellas, y vergonzosa, la concerniente nada menos, a la ciudad de Bogotá. Sus tres últimos alcaldes han sido un desastre acumulativo. Medellín, Barranquilla, Cali y la mayoría de las ciudades colombianas sacan la cara por esta concepción de alcalde.
En su íntima realidad los alcaldes son funcionarios públicos sujetos a las reglas inherentes que enmarcan a esta clase de organizaciones. En realidad deberían tener regímenes especiales por su condición de interpretar más íntimamente a los ciudadanos y sus familias. Es decir, quienes asumen estas responsabilidades son considerados como miembros de la sociedad más de la casa. Ajenos radicalmente al pecaminoso mundo de la política del manzanillo, del mercado de votos, de las sucias maquinarias, con las que se conquistan poderes públicos no muy santos.
Manizales podría tener alcaldes de postín. Tiene una sociedad de lujo que podría lucirse y hacer lucir la ciudad como en pocas partes. Así ha sido hasta el reciente pasado y muchos han dejado su impronta. Se trata de eso, de no pasar de largo sin nada que lo identifique.
Con la ciudad de Manizales se puede hacer maravillas. Su geografía así lo invita pues tiene a sus pies posibilidades de expansión y pisos térmicos singulares. Un urbanista de categoría diseñaría una ciudad futura, la más bella e interesante de Colombia. Un sueño dirán algunos, pero es que para poder obrar hay que soñar primero.
Este columnista ha trasegado por muchas posiciones a lo largo de su vida, pero nunca tuvo la oportunidad de su máxima gloria, ser alcalde de su pueblo.
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