Pedro Felipe Hoyos Körbel


No me considero tan anticuado, pero percibo el consumo de marihuana como algo decadente. Algo que rebasa la actitud desafiante hacia la autoridad como lo plantearon los hippies de los años 60; algo que choca contra un cúmulo de preceptos que hacen más fácil la convivencia entre los seres humanos. Los astrólogos hablan de que vivimos en la era de este o de aquel signo astral, yo diría que vivimos bajo un signo totalmente nuevo: el del bareto. Ver consumir marihuana en las calles es casi que común.
Ver a muchachos que manejan la camioneta que reparte huevos o leche parar y que sus ocupantes a la sombra del furgón desplieguen su incienso dulcete; percibir en calles céntricas aquel característico olor y ver el fumador con mucha tranquilidad consumir su dosis personal, se está tornando en un fenómeno ligado a estos tiempos. Al parecer nuestra cultura que le da un manejo contradictorio al consumo del alcohol, tendrá que adaptarse a convivir con otro componente que trastorna el cerebro y sus habituales funciones. Ambos, las drogas y el alcohol, tienen un efecto nefasto en lo que atañe a la salud pública, eso está fuera de discusión. Viviríamos mejor sin los dos, de eso estoy convencido a pesar que suene a ideología de prohibicionista. ¿Cuántos accidentes de toda índole y cuántas lesiones y asesinatos se evitarían, no pensando en los daños materiales sino los daños emocionales? La ley le asigna al individuo potestad de agredir su cuerpo y por su psiquis con ciertos tóxicos, en aras de respetar una libre decisión a pesar que esta libre escogencia la diseñaron los filósofos más pensando en escoger el tipo de religión y cosas de ese talante.
Vemos cómo se hacen marchas para emancipar y socializar aún más el consumo de marihuana. En prendas de vestir se ve la silueta de aquella hoja como adorno y es de asumir que el que la porta está de acuerdo con su consumo. Me imagino que en pocos años, en un coctel cualquiera, el mesero ofrecerá vino y en otra bandeja repartirá cigarrillos de marihuana y los agasajados podrán escoger cómo celebrar el rato.
¿Cómo se controla, desde los conceptos jurídicos, el consumo de marihuana en menores de edad? Se libera la dosis personal en aras de respetar la libre decisión, pero no se tiene en cuenta la situación del menor que supuestamente debe defender la misma ley. A un precepto abstracto se sacrifica una realidad. ¡Lindo entorno el que el Estado le ofrece a nuestra expuesta juventud!
Sonará sumamente paternalista si amplío mi argumentación con el tema del consumo de drogas en nuestros cafetales. Un porcentaje del costo de la recogida de la cosecha cafetera va a parar a manos del microtráfico, ya que los cogedores de café, casi la mayoría, son adictos a todas las sustancias sicotrópicas habidas y por haber. A esta gente le viene desde hace muchos años una avalancha que mucho tiene que ver con la descomposición social que argumentaba al comienzo de este escrito. ¿Quién responderá por ese daño? ¿Quién reparará ese tejido social que se convirtió en humo frente a nuestras narices? Que se están dando pasos para aceptar a la marihuana como sedante en casos de enfermedades terminales, es lógico y dice mucho de sociedades organizadas como la danesa o la sueca, pero qué torpe mensaje deja esta idea en nuestro entorno cafetero. ¿Alguien ha calculado cuánto cuesta, en plata, recuperar a esta gente de su adicción y convertirla de nuevo en trabajadores funcionales?
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015