Pedro Felipe Hoyos Körbel


“Toda nación debe llorar, sin duda, a sus muertos y no consolarse ni de una sola cabeza que haya sido injusta y odiosamente cortada; pero no debe echar de menos la sangre cuando ha sido derramada para hacer brillar verdades eternas. Dios ha puesto este precio a la germinación y desarrollo de sus designios en el hombre. Las ideas se alimentan de sangre humana; las revoluciones descienden de los patíbulos; todas las religiones las divinizan los mártires. ¡Perdonémonos, pues hijos de los luchadores o de las víctimas! ¡Reconciliémonos sobre sus tumbas para proseguir su obra interrumpida! El crimen lo ha perdido todo mezclándose en las filas de la República. Combatir no es sacrificar. Arranquemos el crimen de la causa del pueblo como el arma que le ha traspasado la mano, convirtiendo la libertad en despotismo; no intentemos justificar la muerte por la Patria y las proscripciones por la libertad; no endurezcamos el alma del siglo por el sofisma de la energía revolucionaria; dejemos a la humanidad el corazón, que es el más seguro e infalible de sus principios, y acomodémonos resignadamente a la condición de los cosas humanas. La historia de la Revolución es gloriosa y triste como el día que sigue a la victoria y la víspera de otro combate. Pero si la historia está enlutada, está también llena de fe, pareciéndose al drama antiguo en que, mientras el narrador refería el suceso, el coro del pueblo cantaba la gloria, lloraba a las víctimas y elevaba a Dios un himno de consuelo y de esperanza.”... Con estas frases concluye Alfonso de Lamartine su obra sobre la Revolución Francesa. La escribió 50 años después de los sucesos, antes de mediar el siglo XIX. Fue ese episodio para Francia una historia plagada de dolor, sangre y de horror amenazada con la destrucción misma del país.
Hubo miles de muertos, desplazados y destrucción material. Se entronizó durante ese periodo la injusticia y la venganza. Estos hechos adquieren una lectura y una interpretación a los que pone el poeta historiador de Lamartine un acento que en el Proceso de Paz colombiano poco se percibe: la razón humana que convierte en grandes los hechos del hombre. En Colombia la paz es un tecnicismo usado por los políticos, por los sociólogos, o los violentólogos, perdiendo su esencia. Al parecer no nos damos cuenta que todo este proceso adolece de algo. Hay poca fe en el proceso, no porque los medios lo hayan vuelto sensación y la oposición lo vuelva un tema excesivamente político coyuntural, al Proceso de Paz le falta esa sustentación humana que contagia, que transmite y que convence. Parodiando un eslogan de campaña política: la paz en Colombia no logró convertirse en empresa de todos.
Somos los colombianos testigos de un gran juego de póker donde esencialmente ambas partes están blofeando, ofendiendo una opinión pública ansiosa de hacer grandes sacrificios para lograr la paz. La paz no se puede presentar como una doctrina, debe nacer desde el anhelo humano; es una virtud y no surge de cálculos jurídicos o económicos. Aquí invertimos el orden. Va primero la sustentación económica y se supone que lo humano simplemente ya está incluido.
Francia se pacificó a pesar de dar tumbos en lo político, convirtiéndose en monarquía dejando la república o viceversa, mas siempre encontró una razón en su historia. Toda la destrucción fue encauzada y Francia volvió a ser potencia, en todo el sentido de la palabra, durante el resto del siglo XIX. ¿Colombia qué tan lejos está de esa meta? ¿El Gobierno y la guerrilla están realmente construyendo algo? Todo lector que tenga dudas acerca del Proceso de Paz solo debe tomar los hechos colombianos y compararlos con las frases de Lamartine y así podrá verificar qué tan sólida está la paz en nuestro país. Tendrá unos parámetros hinchados de magnanimidad y podrá repasar nuestra historia última y detectar los elementos que tienen futuro para todo el país y cuáles no dejan que Colombia avance. Podrá con estas ideas tener una herramienta que le ayuden a cimentar una opinión y no depender o ser víctima de la publicidad y de la desinformación y empezar a prepararse para un futuro tal vez no tan halagador.
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