Pedro Felipe Hoyos Körbel


Oír decir que unas casas viejas frenan el desarrollo de una ciudad es común. A ese patrimonio, los nuevos planificadores e inversionistas lo toman como un estorbo, y es cierto, es mucho más interesante y fácil, desde un punto de vista del lucro, partir de cero y construir más alto amortizando mejor el costo de la tierra y aplicando la construcción al uso comercial, uso que seguramente se ajusta más a nuestras ciudades cambiantes.
¿Quién gana con ese tipo de planteamientos que confunden lucro con desarrollo? Muy sencillo, todo el sector de la construcción, los comerciantes, los obreros que transforman en edificios al capital, el cemento, los ladrillos y la tecnología. ¡Un pool asombroso, casi que imparable!
Es oportuno mencionar que el Estado desde la barrera se solaza viendo estadísticas de empleo y crecimiento, fuera de que cobra los impuestos que gravan esta rama de la economía.
Las tasas de crecimiento de nuestra población se concentran en las grandes urbes y ejercen una presión enorme, porque toda esa gente "nueva" necesita infraestructura para vivir. Pero no crecen los municipios de menos de 30 mil habitantes, que son el 93% de los municipios colombianos, sino esta explosión demográfica se concentra en las cabeceras departamentales y en las grandes urbes.
¿Cuál de los centros históricos nuestros es capaz de resistir a esta alineación de poder? Todo está en contra de ellos, no hay edificación, por histórica y venerable que sea, que no esté en la mira de un exitoso constructor respaldado por un muy bien publicitado banco. Tal vez se salve el centro histórico de Cartagena, por su supuesta vocación turística, pero el resto de ese patrimonio arquitectónico será sacrificado por esta sociedad carente de identidad y ávida de lucro, direccionada a que el bien y la comodidad particular primen sobre lo demás.
¿Cuál es la otra cara de la moneda? ¿Por qué los centros históricos sí pueden sustentar el desarrollo integral de las comunidades que los poseen?
Las ciudades como organismos vivos deben tener anticuerpos que las protejan de amenazas y las mantengan sanas para poder encauzarse por el camino del bienestar general. En este mundo hay dependencias que causan la injusta brecha entre el primer y el tercer mundo, existen fuerzas ávidas de subyugar y hacer depender al resto del mundo de ellas. Estas amenazas las detectan y las salvan con más facilidad organismos avisados y fuertes.
¿Pero cómo se hacen fuertes las ciudades? Pues por medio de economías organizadas y fuertes, contando con una identidad definida que no niegue su pasado. Serán ciudades importantes y exitosas si conocen y respetan su pasado. Los centros históricos son la muestra, el producto de la evolución de las ciudades, donde se palpan las huellas que dejaron las fuerzas vivas de una sociedad. Negar y destruir los centros históricos se puede equiparar a desoír el consejo de un viejo desechando su rica y compleja experiencia. Dejar perder esa parte es permitir que a un cuerpo sano le extirpen un órgano vital porque se lo remplazarán por uno "moderno", uno de "última tecnología".
Los centros históricos los respetan sociedades que han adquirido conciencia y visión integral de su futuro y no se dejan impresionar por estadísticas desarrollistas. La ciudad que respeta su tradición patrimonial es una ciudad moderna, porque piensa en equidad social y en el medio ambiente, articula cultura, sabe adquirir la última tecnología para cimentar su desarrollo integral, piensa en el bienestar sostenible de sus habitantes. Esa es la diferencia entre barbarie y civilidad.
La supervivencia de los centros históricos, finalmente, depende del grado de conciencia que adquieran los habitantes de las ciudades. Porque es por medio de esa conciencia que se darán cuenta que lo material es solo un marco operativo, pero no la esencia que busca el ser humano. Y si es la obtención de la felicidad lo que hace posible la vida pacífica, sepamos por donde seguir buscándola.
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