Pedro Felipe Hoyos Körbel


Fuimos testigos en Manizales el mes pasado de dos memorables intervenciones: una material y otra de actitud. El 8 de marzo, Día de la Mujer se inauguró un nuevo parque que vino a ocupar el espacio del deteriorado Parque Rafael Arango Villegas, popularmente llamado Parque de los Enamorados. Un diseño pobre fue reemplazado por uno generoso que logra un equilibro entre parque y plazoleta, conservando los elementos de la naturaleza como árboles típicos de un parque y las facilidades urbanísticas de una plazoleta. Un parque que recompensa al hombre de tanto cemento y una plazoleta que apoya el ajetreado desenvolvimiento del hombre en una ciudad. Con esta intervención, un punto olvidado por la gente por su desarreglo fue recuperado y puesto a servicio de la ciudad.
Por medio de esa dinámica los malandros y los desadaptados fueron desplazados por el ciudadano de bien. El carácter de paso e impersonal del Parque Rafael Arango Villegas fue sustituido por un espacio que honra la memoria y la personalidad de doña Luz Marina Zuluaga, la reina de belleza mundial del año 1958 y cambió ese sector. Un diseño moderno basado en materiales como el tubo, el cemento, vidrio y baldosa acoge a ciudadanos que sorprendidos disfrutan de este espacio (¿hacía falta un ascensor?). No es usual en Manizales que los gobiernos hagan cosas bellas, lo usual es el derroche y el desafuero como el Cable de Los Yarumos o el mismo Parque de Los Yarumos cuya utilidad no ha podido ser decretada.
Vemos como de una forma sencilla la ciudad, que a pesar de ser estadísticamente bautizada como el mejor vividero del hemisferio sur, sí puede ser intervenida para mejorar. No se puede negar que hay un malestar y una sensibilidad en la población cuando se recuerdan intervenciones como la de San José donde las últimas administraciones se han rajado ya sea proponiendo ese proyecto o negando asumir los daños, especialmente el social, del mismo. Lo del cambio de nombre relegando el del escritor es desafortunado, deberían compensar la memoria y homenaje del gran Rafael Arango Villegas y nombrar otro parque con ese nombre.
La otra intervención fue el pie que se metió en la puerta del cementerio con el concierto de música sacra del 17 de marzo. La intervención fue de actitud, no fue material. No se gastó un solo bulto de cemento, pero se involucró creatividad, sensibilidad y espontaneidad, o sea arte. El Cementerio San Esteban, como todos los cementerios, es un lugar que se asocia con dolor, ya que es la última estación de la vida a la cual estamos tan apegados todos. Resulta que este cementerio es de talla mundial si se valora el patrimonio arquitectónico que posee. Representa entonces dolor para muchos, y para otros es un tesoro artístico, porque es otro de las enclaves de arquitectura republicana perfectamente relacionada con el Centro Histórico, que se está recuperando, y con la Estación del Ferrocarril de Caldas que se encuentra recuperada. ¿Cómo llamar la atención sobre este espacio que permanece en manos de los muertos? ¿Cómo intervenir en esa paz eterna sin ser desobligantes? Con este concierto se dio un paso sólido para una intervención que se suma a las posibilidades, el alcalde Cardona diría oportunidades, que tienen los habitantes de Manizales para hacer suya la ciudad.
La primera intervención se debe al alcalde Jorge Rojas (el de los árboles de Milán) y por la segunda se le deben dar las gracias al padre Horacio Gómez que tramitó el visto bueno de la Curia, al empresario artístico Diego María Arias que puso la logística, y sobre todo a Liliana Villegas que le dio vida a esta forma de hacer ciudad. Debemos aplaudir también a los más de doscientos espectadores que se arriesgaron y disfrutaron rompiendo moldes y andar senderos no transitados yendo a este espacio bello e inusual a oír música.
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