Pedro Felipe Hoyos Körbel


El sociólogo, cuando analiza, procura establecer patrones que se repiten para determinar comportamientos significativos. Los no sociólogos hablamos simplemente de comportamientos que por su repetición se convierten en características, y la historia de Manizales presenta esa actitud repetitiva. Van los más dicentes ejemplos. Para hacer una avenida en el año 1974, la del Centro, se demolieron más casas que durante todos los incendios de los años 20; para hacer un centro comercial y su parqueadero en el Parque Caldas, un banco en el año 1978 decretó la demolición de 5 manzanas; para hacer otro banco, el Cafetero, en el año 1980 se demolió otra manzana en pleno centro. ¿Metemos en esta lista al estadio?
Ya habían sido demolidos en los años 60 el Palacio Municipal y el Palacio Nacional, y en 1978 se demolió el Teatro Olimpia. La gran demolición de este siglo la constituyó la del megaproyecto de San José. Me pregunto ¿por qué una ciudad, como un caníbal, debe devorarse a los de su misma especie? ¿Los pasos que debe dar esta ciudad, que durante su existencia la más destacada característica ha sido crecer, obligatoriamente deben ser destruir una parte de sí misma so pretexto de continuar creciendo? Demoler esa, la política más fácil y la de más complicaciones y traumas, que usualmente desdibujan las originales y buenas intenciones.
Si comparamos a Manizales con una esposa, esta ciudad después de un conflicto con el marido, se ha divorciado muchísimas veces y nunca solucionó ningún problema. Siempre se le aconsejó, se le mal aconsejo a esta desdichada ciudad a tomar la ruta más aparatosa y caótica. Tenemos a una ciudad viejona y traqueada que ha pasado por demasiadas manos y no ha cogido experiencia, ni siquiera escarmiento. Cada vez es ilusionada con cemento y estadísticas que arrojan cifras muy decoradas que no demuestran desarrollo y mucho menos crecimiento.
Enredan a Manizales con estadísticas y encuestas que la perfilan como una cuidad excelente para vivir. Por supuesto que la vida la reducen estos enredadores profesionales a aspectos que se puedan medir matemáticamente, el resto como tejido social o cultura, son dejados por fuera creando una imagen engañosa sobre la cual políticos, aún más necios, arman sus estrategias. De estos encuestadores, ¿quién me puede explicar la negativa relación existente entre la prelación que tenía Manizales hace 90 años con solo 40.000 habitantes y ocupaba el cuarto lugar a nivel nacional, y el puesto 18 que ostenta hoy en día con casi 400 mil pobladores? ¿Por qué cuando hacer riqueza era muy difícil por la falta de capital y tecnología
Manizales crecía sin sacrificar su esencia, inclusive se quemaba, y hoy en día ni siquiera con todas las demoliciones es capaz de mantener un lugar interesante? Hay inmensos errores en la planificación de la ciudad, son muchos los desaciertos. Otra inquietud: a Manizales le entran 6.000 carros nuevos cada año, eso representa una cola de carros que se va desde la Plaza de Toros hasta la Capilla de Santágueda. ¿Me pregunto cuántos carros más le caben a esta ciudad, no los que los concesionarios quieren vender y los
bancos financiar?
Crecer no se logra con POT hechos por tecnócratas ajenos a la esencia humana de la ciudad, fuente de la única fuerza que engendra riqueza real y desarrollo, apoyados por políticos que más parecen entender de los manejos de un monte pío que de un cuerpo colegiado. No cabe duda que demoler es coger un atajo y evadir la responsabilidad de dar una respuesta más acertada e inteligente. Demoler la ciudad es un facilismo con el cual sólo ganan los contratistas eufemísticamente llamados constructores. Si Manizales se descuida y no adquiere conciencia termina como esas damas públicas a las cuales ya viejas y escurridas, nadie las ocupa. Para crecer se necesita
creatividad y visión.
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