Efrain Castaño


Eran tres chiquillas: alegres, saltarinas, con proyecto de futuro, con deseos y sueños; tal vez una mañana o una tarde, no lo sé, alguien les propuso una visión de futuro con trabajo, dinero y tal vez fama, en diversión y goce; con engaños fueron sacadas de su entorno vital y emprendieron un misterioso camino que terminó triste: fueron encontradas juntas y muertas, con el estigma de impacto de bala en sus cabezas.
Sueño de triste final para inexpertas e inocentes creaturas que como muchas otras son encaminadas con engaños a paraísos artificiales, con promesas de dinero para sacar de la pobreza a sus familias, a sus padres; risitas que se abren con asombro a un futuro que promete ser brillante y productivo pero que termina en tratamiento de mercancía, engaños, explotación, esclavitud y lágrimas sin eco ni respuesta.
Todo esto es una realidad que toma crecimiento no solo en nuestra Patria sino en el mundo porque es parte de una red orbital de explotación de la niñez y la juventud con promesas que terminan siendo nube y humo, gritos y maltrato, sufrimiento, soledad y muerte.
Todo ello me viene a la mente y al corazón hoy seis de julio porque en el calendario cristiano es festividad de Santa María Goretti, una pequeña niña italiana que tras el acoso impetuoso de un vecino termina también en muerte y sangre.
María Goretti era una pequeña nacida en Corinaldo (Italia) en 1890 de una familia campesina y humilde; su niñez transcurría en medio de juegos, estudio y ayuda en labores domésticas; un vecino que sentía atracción por la bella adolescente la perseguía con solicitudes que Marietta (así le decían) negaba cada vez.
Un día la madre de Marietta salió al pueblo a sus compras necesarias y dejó a la niña al cuidado de la más pequeña hermana; Alejandro, así llamaba el chico entró y quiso forzarla a relaciones que ella rechazaba con el grito: “no conviene, no gusta a Dios”; el hombre en ira y desespero la emprendió contra María y con un punzón la hirió de muerte.
La niña fue llevada al hospital de Netunno y tras esfuerzos por salvarla murió; era el seis de julio de 1902; Marietta había muerto por una razón que tal vez hoy se considere innecesaria: quería conservar la castidad, evitar precipitar etapas de la vida, madurar en el amor y la entrega; de doce años se hizo gigante y ejemplo para la humanidad; “yo perdono a Alejandro” dijo al final.
En la plaza de Chinchiná escuché en la ceremonia eucarística del día 1 de julio haciendo memoria de la visita de Juan Pablo II a Caldas una bella melodía en una hermosa voz: el sueño de Dios no es triste, es alegre, goza con el niño que nace, que crece y plenifica la vida en frutos de amor verdadero, de familia firme como la de Nazaret.
Como el sueño triste de Marietta convertido en sueño alegre por su triunfo valiente, sea el sueño de las tres chiquillas colombianas, de la Costa Pacífica nuestra.
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