Efrain Castaño


Siempre los niños han sido considerados con especial cuidado en las diferentes culturas y continentes del mundo; se busca dar una orientación positiva y de gran valor para el presente y futuro; alguien anotó que “la vida depende de dos o tres sí dados en los primeros años de vida”.
Hoy mantenemos igual solicitud y por ello se han engrandecido las faltas contra los menores, abusos o abandonos; profundos columnistas han resaltado en días pasados en nuestras páginas la necesidad de mirar por un lado todo el trámite de inserción de “niños de la guerrilla” a la sociedad civil, caso que no debe hacerse con precipitación porque se caería en el mismo problema nacido en el desalojo de la “calle del Bronx” en Bogotá y que sigue sin solución positiva.
También se ha anotado sobre la urgencia de tener en cuenta la niñez y adolescencia para la maduración hacia Manizales como “ciudad Universitaria y educadora”, ya que se constata la deserción estudiantil en la época adolescente, con las negativas consecuencias que trae para la sociedad.
Es notoria la preocupación de las entidades educativas ante el hecho de los llamados “embarazos adolescentes” que tienen un futuro oscuro e inestable ya que casi siempre los niños no son educados por quienes los engendran sino por entidades estatales o privadas o bien por abuelas enfermas, de edad avanzada y cansancio natural.
Todo esto me llama la atención todavía más al constatar que es asunto de preocupación no solo de hoy sino de tiempos anteriores y en nuestro medio en etapas de crecimiento de nuestra amada ciudad.
Con fecha de 14 de septiembre de 1936 (hace hoy 80 años) encontré un decreto emanado de la alcaldía municipal “por la moralidad de los menores” y que redactado se lee así: “se prohíbe a los menores de 17 años vagar por las calles sin oficio después de las 7 de la noche. El menor que infrinja esta ley será conducido por la policía a la cárcel pública, donde se acondicionará un sitio especial en el cual los jóvenes no se mezclen con los otros detenidos. El decreto contempla además que los padres deben pagar una fianza, a fin de que se apersonen del asunto e impidan que sus hijos reincidan. Si el menor reincide se le levantará sumario”.
Vaya exigente y controvertido decreto que demuestra que la preocupación por la suerte de los menores viene presente en nuestra historia; todo esto nos invita a unir fuerzas, a empezar desde el hogar, pasando por las aulas escolares, ayudándose de la lúdica sana y fortalecida por la acción evangelizadora de la Iglesia, ya que la fe es fuerza que orienta la existencia.
Muchos caminos existen para ofrecer a la niñez y juventud caminos de luz y alegría que les permitan vivir rectamente, con libertad y gozo, en una experiencia vital placentera y positiva. Unamos fuerzas.
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