Efrain Castaño


Entré al taller de mi amigo; él es pintor y allí tiene el caballete, los pinceles, las pinturas, la paleta, el vaso con agua, un pedazo de pan y las cortinas que le regulan la luz de su cuarto.
En el caballete estaba el lienzo blanco y limpio esperando que los trazos del maestro lograran con la magia de la creación, los colores, la inventiva y la fantasía plasmar una bella figura que casi siempre es única, hermosa, asombrosa.
Se paró frente al lienzo y pincel en mano comenzó a trazar aquí y allá líneas, curvas, puntos en diversidad de colores, arriba y abajo, a un lado y otro; miraba y sonreía frente a la gama de colores y formas que poco a poco iban surgiendo de sus magistrales manos e iluminada mente.
Trazos con cuidado unos momentos, figuras ásperas de pinturas varias; pausas en el pensamiento y la figura, concentración acompañada a veces de duro ceño y otras de sonrisa y animación.
Me extrañé cuando prácticamente tiró sobre el lienzo y sus figuras copos de tinta recogida en sus manos, luego sin pincel verle estregando con las palmas de la mano la pintura.
Qué pretendía con aquello: borrar, destruir, afear lo trazado o por el contrario era parte de la sinfonía artística con la cual adelantaba el acabado de la pintura aún incomprendida y nada clara?
La verdad es que dando palmas de satisfacción se logró ver en el lienzo una bella pintura: un rostro, un paisaje, unas expresiones de gozo y jolgorio, un panorama de belleza.
Me parece que es lo que acontece en la vida humana, en su historia y avances o retrocesos; Dios creador frente al lienzo en blanco de nuestra vida, sin figura ni color, empieza a laborar continuando su obra de amor.
A veces no entendemos por qué este o aquel suceso, aquel brillo de belleza o aquel tachón para nuestros deseos o trazos de aprendiz de vida; menos entendemos ni aceptamos el golpe, el borrón, aquello que calificamos de incomprensible o destructor.
Es la existencia una mezcla de gozo y dolor, suavidad y rudeza, compañía y soledad, pavor y entusiasmo, tinieblas y luz, claridad y misterio, silencio y clamor.
Lo importante es saber, creer y aceptar que en todo ello está el Creador llamado Amor haciendo una obra maestra en cada día, etapa y explosión de la existencia; importa dejar que Él haga su obra, avance en su empeño, plasme nuestra vocación y misión en la vida.
“Grande hiciste Señor al ser humano... de gloria y honor lo coronaste”.
(S. 8).
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