Efrain Castaño


Monseñor Helder Cámara vivió en las décadas del 70 y 80 la situación desde su querido Brasil, pasando por América Latina y el mundo, el panorama de inmensa miseria frente a gigantesca opulencia, de una injusticia hiriente que traía ira a muchos, violencia a otros, desaliento a otra cantidad y amor creativo solo a unos pocos.
Reflexionando el ritmo de la historia él veía en todo ello la realización bíblica que surgiendo en el Génesis con un edén hermoso pero ensangrentado luego por el asesinato y el odio de Caín por Abel, el Señor lleva al pueblo a pasar por un desierto duro y exigente hasta lograr la conquista de la bella tierra de Canaan.
De allí sacó una bella expresión que ayuda a iluminar la historia personal y social: la vida tiene mucho de siembra y maleza, regadío y esterilidad de resultados. Logros y fracasos, triunfos y derrotas; todo ello es prueba de que “el desierto es fértil”, de que podemos extraer de las semillas el repunte de una ramita verde que florezca aún en la aridez.
Anota Helder que observa cómo hay una enorme propensión en el ser humano a la pereza, a la avaricia y al confort; dice que es un hecho incontestable; alaba las oportunidades que nos invitan a salir de nuestro egoísmo, a abrirnos a páginas de novedad y progreso, de exigencias y marchas por el camino vital.
Me parece que todo esto tiene que ver con la nueva situación de nuestro país en este caminar hacia la paz, en esta búsqueda de posibilidades de actitudes nuevas que nos saquen de nuestros egoísmos o indiferencias; la concurrencia a las urnas en el debate pasado me parece que es un paso confortante pues respetando las opciones de sí o no, se ha visto un paso más allá de la indiferencia, un debatir y decidir, un paso y Éxodo en espera de que el desierto sea fértil.
Para las nuevas etapas que nos llegan creo que es bueno retomar lo que después de muchas correrías monseñor Cámara escribió: “tachad de vuestro diccionario particular palabras como enemigo, enemistad, odio, resentimiento, rencor”.
Recorriendo el mundo Helder ganó aplausos invitando a seguir en búsqueda juntos, construyendo puentes no muros y apuntando a una mejor vida para todos que desde el Magisterio eclesial se denomina: “la civilización del amor”, vocablo querido por Pablo VI.
Invita a cuatro protagonistas de la historia a hacer fuerte presencia: la juventud que con buenos ideales llega a buenas acciones; los pobres que acompañados sentirán la fuerza para buscar horizontes y organizar medios de presencia; los medios de comunicación con sus informes veraces y los educadores con su gestión esencial con la niñez y juventud que capacita, orienta e impulsa.
Es hora de recordar lo que Jesús dijo un día a Pedro: “rema mar adentro que vamos a pescar” (Lucas 5).
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